
Resumen.
La Modernidad es una época de la historia humana que si se caracteriza por algo es por la voracidad que los humanos hemos aplicado a nuestra vidas. El desarraigo, la rapidez en los procesos vitales y la sensación de fluidez que todos padecemos hoy también marcan con su sello esta etapa política, sociológica, económica y productiva. La sobreabundancia de mercancías y la explosión de ideas ejecutadas colman el mercado de posibilidades casi infinitas a las que el sujeto puede acceder con más o menos facilidad; todas ellas muy similares entre sí y con las mismas oportunidades a priori de ser presentadas. Formas de encauzar la vida humana como el estadio religioso han quedado atrás para dar paso a la libertad total del ser en cuanto a su decisión de ocupar un lugar en el mundo. Ante tantas posibilidades del ser, de comprar, de experimentar, de adquirir y de poder vivir, el sujeto se ha dado de cruces frente a un proceso de angustia vital que se manifiesta en realidad en todas las etapas de la vida. De la misma manera que hoy muchos nos preguntamos por cómo podían sentir los vivos de estadios anteriores, muchos en el futuro podrán preguntarse lo mismo acerca de nosotros.
I. Qué es la Modernidad.
Modernus es la forma del latín tardío (aproximadamente del siglo V-VI d.C.) empleada para designar a los tiempos que corren con respecto a los pasados, en donde los esquemas paradigmáticos conducían a los hombres por derroteros muy distintos. El significado de modernus más preciso en español a nuestro juicio sería el del adjetivo reciente. No obstante es el sufijo -ernus el que contiene el significado temporal específico, también presente en palabras latinas como aeternus o hibernus. Dando un gran salto al siglo XVI, en pleno Renacimiento, se denominó Edad Moderna a todo aquél tiempo posterior a 1492, fecha del descubrimiento de América por parte de España. En dicho siglo se incide en valores novedosos, separados de los de siglos anteriores y de la concepción escolástica, tales como el antropocentrismo, el conocimiento secularizado, el surgimiento de las ciencias, el método hipotético-deductivo, la vuelta de la ejecución de grandes obras en arquitectura, pintura, literatura o filosofía, tales y como se dieron en la Antigua Grecia y en la vieja Roma, así como el surgimiento del Humanismo, en el que el ser humano y no Dios está llamado a representar el centro de toda reflexión, inspiración y pensamiento.
Será a finales del siglo XVIII que, por primera vez en la Historia, y con la Revolución francesa expandiendo su influencia, el concepto moderno designará a lo nuevo frente a lo antiguo en términos de oposición. Este adjetivo es tratado por la Ilustración francesa y extendido como modernité/modernidad a todos los rincones del continente europeo, llenándolo de documentos y libros de filosofía que buscan por primera vez enfrentarse al pasado para superarlo y dejarlo atrás en prácticamente cualquier sentido. Ya nadie necesitará a la Antigua Grecia ni a su filosofía. Nadie necesitará el derecho romano y su articulación. Y mucho menos se necesitará la sabiduría cristiana para elaborar el nuevo mundo que ha de venir por nuestra propia mano, alejados de Dios, de Roma y de Atenas.
Esta última concepción de lo que la Modernidad es exactamente la que hemos heredado hoy en el siglo XXI y no las anteriores por imposibilidad cronológica. La razón concreta de por qué hemos heredado esta concepción es debido a que en nuestras naciones se sigue, en cuestiones políticas, filosóficas y de enseñanza, las directrices de los adheridos a la Ilustración. Kant, su subjetivismo y su visión a alcanzar de paz perpetua ejerce un peso imprescindible en cómo entendemos hoy el mundo y como hemos de transformarlo, por poner un fácil ejemplo. No obstante y a pesar de las consideraciones que la Ilustración francesa impregnó en el concepto de Modernidad como superación y rechazo del pasado, la Modernidad resulta ser mucho más que una reducida y mera oposición de épocas en las que se pretenden enfrentar valores y sabidurías. He de apuntar a que aquí estamos hablando de Modernidad, no de Edad Moderna. Decir Edad Moderna abarca aspectos anteriores a los valores de la Modernidad tal y como la entendemos desde la Revolución francesa, y si bien todo lo que emergió en la Edad Moderna tras el descubrimiento de América, se halla evolucionado en la Modernidad ─pongamos como ejemplo las ciencias─, lo que es propio de la Modernidad no se dio en la fundación de la Edad Moderna. Todo lo emergido en la Edad Moderna encuentra su lugar en la Modernidad pero no al revés.
Esto es un escrito materialista político, ergo se hablará de lo que se da en la Realidad con mayúscula, y la Realidad es que la Modernidad realmente existente ─y no otras ideadas por ciertos grupúsculos que se dicen antimodernos y/o tradicionalistas que manejan una definición de Modernidad propia y hasta podría decirse que inventada, ad hoc─ es un estadio histórico que comprende lo siguiente: primero, el triunfo del modo de producción capitalista en la Inglaterra de la Revolución industrial y tanto su expansión como su desarrollo en el resto del mundo hasta hoy; después, todo lo que de él deriva, incidiendo en cuestiones plenamente sociológicas, propagandísticas, educativas y personales. Se suele decir que mientras los ingleses fueron los fundadores del mecanismo de la Modernidad, los ilustrados ─franceses y no franceses─ desarrollaron la ideología que la sostendría. La Modernidad es entonces la estructura resultante del surgimiento de los medios de producción privados en su forma capitalista, y a partir de ello el dominio de los bancos; las relaciones con el crédito; la publicidad; la mercantilización de todo bien o servicio con un mínimo de estímulo de venta ─en la Modernidad no hay nada que no se mercantilice, incluido lo que en el pasado no era o no podía ser mercantilizado como la religión, la captación de tiempos pasados, el zodíaco o valores éticos y morales específicos que hoy han tomado forma de performances sociales en respuesta a ciertos fenómenos. ¿Quién le diría a los antiguos estoicos que hoy parte de su cosmovisión iba a ser un nicho de mercado en librerías y en redes sociales?─; la potenciación de aparentes nuevas necesidades que el mercado se encarga de publicitar para abastecer; el fenómeno de la moda ─aplicado no solo a lo textil, sino a lo estético y a lo digital─; el mundo entero como gran almacén de mercancías; la sobreproducción general ─se produce más de lo que se vende─; la comunicación instantánea entre partes del globo; la posibilidad casi total de que cada usuario haga destacar su producto en un mercado saturado de ofertas muy similares ─nivel tan elevado de oferta que es extremadamente difícil hallar algo original y único─; la emergencia de nuevas tecnologías que sirven para adquirir productos y servicios a grandes distancias; el desarrollo del transporte; la competencia entre medios de comunicación; el basar las acciones de todos los sujetos en la oferta y la demanda; así como la liquidez de las acciones de los sujetos con respecto a su entorno y con respecto a sus decisiones en un mundo adecuado para la adquisición inmediata de bienes y servicios.
Todos estos elementos son los que conforman la sociedad de consumo moderna. Mencionaré que naturalmente toda sociedad es de consumo, puesto que sin consumo no hay sociedad, pero este ha adquirido más que nunca antes un papel esencialmente protagonista que caracteriza a la Modernidad en sí; pues de él emergen el resto de aspectos de la misma, y esto nunca ha sucedido en ningún episodio histórico anterior. No obstante algo tan importante como la sociología también ha sido afectada y modificada, incidiendo en los nuevos valores de los sujetos cuyo comportamiento tampoco tiene precedentes en el pasado. Nuestra manera de vivir, nuestras expectativas, aspiraciones, deseos, relaciones, valores y formas de comunicarnos han sufrido una sustitución dada la naturaleza de la sociedad de consumo moderna, logrando reemplazar las costumbres «de siempre» por costumbres fluidas y líquidas diremos, en términos de Zygmunt Bauman. Si el comportamiento económico capitalista es una cara de la moneda de la Modernidad, el comportamiento sociológico será sin lugar a dudas la otra cara; pero con un matiz: la cara sociológica ha surgido enteramente de la cara económica, es dependiente de ella siempre, pues el comportamiento de la masa siempre depende de las relaciones económicas que se den en la sociedad de cualquier época. Pero habiendo cambiado de tal manera la faceta económica de la Historia, ¿cómo esperar que los sujetos no se comporten de manera acorde a los nuevos tiempos? Si la economía capitalista ha transformado el orden de la sociedad, muy especialmente desde el final de la IIGM hasta hoy, dejando atrás las antiguas relaciones, los antiguos comportamientos y las antiguas formas de proceder con el entorno, ¿cómo no esperar que los sujetos que la componen hayan cambiado con ella? Si la economía de la Modernidad lo mercantiliza todo ─todo lo que podamos imaginar está mercantilizado─, ¿cómo el sujeto no va a comportarse como un consumidor y como un cliente ante cualquier escenario de la vida? Y si los clientes, los consumidores, son sujetos receptores de las ofertas y el trato del mercado, pues él les ofrece todo lo que necesitan y es maestro en sustituir las necesidades pasadas por otras nuevas, ¿para qué acudirá el sujeto cliente a las antiguas costumbres pudiendo adquirir unas recién fabricadas? ¿Es que acaso con las acciones del mercado, parte esencial de la Modernidad, se pretende fundar una nueva cosmovisión que reduzca a la sociedad a una mera relación de compradores y vendedores? ¿Es que la Modernidad ignora que los sujetos de forma natural conforman arraigo hacia sus necesidades vitales, o es que su objetivo es destruirlas? ¿Qué sucederá con la religión o con la Historia propia si el mercado nos oferta nuevos quehaceres y pasatiempos? Dos grandes personalidades mencionaron en 1848 que todo lo sólido se desvanece en el aire y todo lo sagrado se profana, resumiendo así los efectos que la Modernidad provoca en las costumbres del pasado. Y si esto ya era concebido en pleno siglo XIX, en el XXI los avances de la misma han llegado muchísimo más lejos. La mercantilización de los antiguos valores es la negación de su trascendencia, pues hace consumible y temporal lo que prometía ser eterno y paradisíaco: es su opuesto.
En cuanto al plano sociológico, la Modernidad afectará produciendo un sentimiento de desarraigo en el sujeto ─es decir, la falta de arraigo con la Patria, con la historia propia, la familia o la pareja. España es el primer país del mundo en número de divorcios, el país del continente europeo en el que existe un mayor desprecio y/o indiferencia por la propia nación, y en el que en 2026 hay en torno a 14-15 millones de solteros, el 36% de la población adulta─; la rapidez y voracidad de los procesos vitales del día a día; la velocidad que la vida adquiere debido al tipo de monotonía que es producida hoy; el individualismo atroz; el sentimiento de pérdida de riendas de la vida al estarse sometido a la supervivencia en la sociedad de consumo moderno; la depresión, la ansiedad y el terror por el futuro incierto desencadenante de complicaciones psicológicas; la disociación del valor de unos seres u objetos con respecto a otros ─tendencia a humanizar a animales e incluso a programas digitales o animalizar a los humanos─; el entretenimiento como escape o pasatiempo; las relaciones cada vez más habituales a través de pantallas que hacen que el afecto humano sea ausente, lo que hace que el canal comunicativo se perciba frío, vacío e inerte; la elección metafísica conforme a la libertad del ser a la hora de percibirse, esto es, la autoelevación del yo; el sentimiento de soledad excesiva estando rodeado de semejantes; la idealización del pasado en protesta debido a la inconformidad por el presente; así como el que todo comience a sentirse fluído y vacío en un mundo donde se produce y almacena demasiado; todo ello como desembocadura a una situación marcada por una irracionalidad inherente al tipo de sociedad que la Modernidad reproduce con cada vez más fuerza y más impacto. Este es el precio sociológico que hoy se paga al haber transformado la vida en un gran almacén de mercancías y en las que somos tratados como clientes. Y a destacar una cosa más: el papel que el Mercado interpreta como proveedor global no ha incidido en facilitarnos y acomodarnos la vida como se sostenía en el siglo XX, sino que al lograr hallarse presente este en todas nuestras acciones diarias ─teléfonos móviles/celulares, televisión, transporte, radio, anuncios urbanos─ ha producido el desvanecimiento del sentido de comunidad en el ser humano. La comunidad es la institución biológica e histórica que proveía para el buen curso y sostén de la misma. El Mercado ha ocupado ese puesto anulando a la comunidad humana convirtiéndonos en mónadas cada vez más aisladas. Porque lo que importa es la construcción de la sociedad de clientes, y estos carecen de comunidad, carecen de arraigo y carecen de raíces tanto ancladas en el suelo como conectadas entre ellos. Las raíces en cualquier caso las establecerán con el Mercado.
La Modernidad por lo tanto supone una serie de principios y valores que han actualizado lo que las sociedades humanas han sido anteriormente. Es un nuevo tipo de orden que para materializarse ha necesitado acabar con el antiguo molde que regía a las comunidades humanas en particular y a las sociedades en general.
II. La necesidad de desproveer a las personas de sus componentes: la hidroponía social o sujeto hidropónico.
El ideal de progreso es un término confuso que si bien conocemos etimológicamente, ha terminado por obedecer a un proceder del todo indefinido. En estos días todos hacen uso y herramienta de él para representar los más altos, nobles, excelentísimos y augustos principios que la humanidad tiene merecidos, dejando tras de sí todo oscurantismo ─dicen algunos─ del siglo XX y de estructuras políticas que se entiende, merecen ser abandonadas y hacer de ellas ruinas históricas.
Este susodicho progreso jamás ha estado definido por grupos políticos ni ideológicos, de haberlo estado hubiese sido apropiado por alguno y adherido ortodoxamente a planes y programas específicos con un fin determinado y declarando para qué sirve y contra qué se dirige. Pero cuando un término no está apropiado por un grupo concreto, este se torna objeto de una ambigüedad conceptual que solo vale para inflar discursos sin demasiado significado que ofrecen una idea vaga de la dirección en la que se pretende marchar con él. Concebimos así que el ideal de progreso no es más que una floritura más, similar al uso de la razón de la que se abanderaron los ilustrados franceses sin definir qué, cómo ni para qué. No obstante esto no significa que no se le pueda endosar acusaciones, pues si se le somete a crítica filosófica, puede ser denunciado de lo que en su nombre se ha hecho. Lo que haríamos entonces sería criticar, no al término de progreso per se, sino a su vaga idea de la que todos hacen uso.
La idea de progreso si algo ha representado es el avance del ciclo ampliado del capital en su extensión a nuevas áreas de mercado que hasta hace dos décadas se encontraban todavía sin explotar. Y es que el ciclo ampliado del capital si bien no es infinito ─por total imposibilidad material, temporal y espacial─ sí es de carácter ilimitado. Si el capital pudiese desbordaría los límites de la Tierra para aventurarse no solo por nuestro sistema solar, sino más allá de él (cabe decir que desde hace años se habla de viajes privados a la Luna y de abrir hoteles en órbita a los que se llegaría en cohetes o naves, lo que da cuenta de que el capital ya se dirige a desbordar los límites del globo). Indico aquí que el problema es que la concepción de progreso que impera en estos días ha servido y sirve para aceptar acríticamente y validar sin reflexión lo que se ha ido dando en la expansión del ciclo del capital sin que la masa diagnostique posibles errores en su avanzar, así como lo que ello ha afectado a la sociología del siglo XXI. Progreso siempre será lo que lentamente despoja al sujeto de las acciones que le sitúan en la existencia general: ya sea política, económica, cultural, biológica e incluso trascendentalmente en el sentido reproductivo, perpetuando su especie, sumando nuevos miembros a su familia. La concepción de progreso manejada en nuestra época ha sido la más adecuada herramienta para que el capital se amplíe sin barreras ni resistencias. Más aún cuando es por algunos relacionada en muchos momentos con el marxismo. No obstante, la dirección del aclamado progreso es hidropónicamente social.
La hidroponía es una técnica de cultivo en la que se prescinde de la tierra y en la que las plantas se encuentran en una estructura flotante y completamente manipulable, dejando que sus raíces crezcan sumergidas en un agua enriquecida con minerales, siendo esta controlada y medida en todo momento por los sujetos que la supervisan para el correcto crecimiento de la planta. Estos cultivos, si bien crecen y generan raíces, no se hallan anclados a una firmeza, a un suelo que las sitúe y las haga adaptarse al entorno. Extrapolamos este sentido al carácter social de la Modernidad. La sociedad de la Modernidad, la sociedad capitalista realmente existente, la concepción liberal de la vida y de la misma existencia producen el sujeto hidropónico. Personas que crecen sin raíz en la tierra, sin Patria, sin familia, sin hijos, sin comunidad y sin sentido de clase. El individualismo, la migración masiva, el carecer de pareja estable mediante la corrupción de los lazos amorosos y el cosmopolitismo son los ingredientes que la Modernidad emplea para lograr la sociedad hidropónica de clientes y consumidores perfecta, pues si nada hay a lo que aferrarse para reclamar la adaptación del Mercado a ello, el único elemento de sujeción es el mismo Mercado; lo que produce que sea el sujeto el que deba adaptarse a este. Al carecer de lazos comunitarios y sociales, el sujeto hidropónico no es capaz de comprometerse con ningún aspecto de la existencia que no sea él mismo o lo que justifique su egoísmo y su conducta individual.
Es un carácter propio de la hidroponía social de la Modernidad, de la sociedad capitalista de reproducción ampliada, el carecer de estructuras fijas que den sentido a las acciones naturales de los sujetos. Las pocas parejas que hoy se conforman ya apenas actúan como un núcleo familiar común a lo largo de la Historia ─evitaremos emplear aquí y de momento la palabra tradicional para no da a entender cosas que no queremos, ya lo explicaremos bien en otro escrito─, sino que actúan como dos compañeros de piso que regularmente hacen el amor pero que sobre todo consumen, habiendo orientado su dirección no a la consumación de su amor o a sortear las dificultades de la auténtica vida en pareja o matrimonio, o a engendrar nuevas vidas que educar y en las que invertir, sino a formar un núcleo que ya no es institucional, de comunidad familiar, sino de supervivencia económica mientras consumen y dejan el tiempo pasar. No entender la consumación del amor en pareja orienta a estas a un carácter clientelar, en el que se crea la apariencia de estar avanzando en la relación mientras que para ello se hace necesario el consumo recurrente de mercancías como requisito indispensable y exclusivo, dejando fuera de juego todas esas otras facetas que no son propias del consumo, o por lo menos no de un consumo tan recurrente. La Patria, la tierra de los padres, el lugar en el que siempre enraizó el sujeto y por el que este está dispuesto a morir para defender su ser y estar en la existencia, se ha tornado en un flatus vocis. La Patria se halla cuestionada desde enfoques acríticos y de la que incluso se habla con cierta incomodidad y molestia, pues reconocer un anclaje con el suelo histórico y político no es compatible ni de interés con un carácter hidropónico, moderno, con el carácter de la sociedad de consumidores perfecta. Se optará por una óptica cosmopolita en la que de manera inconsciente se apunte a concebirnos como una suerte de ciudadanos del mundo independientemente de nuestros atributos como animales sociales: todo es potencialmente válido en la sociedad de consumo, pues el Mercado no necesita sujetos con arraigo. Un cliente en su relación con el Mercado no tiene arraigo, sólo un interés en la adquisición de un producto. La concepción de hijos se ha convertido en uno de los aspectos más castigados por atentar contra la libertad del sujeto y su desenvolvimiento en un entorno repleto de productos que con un poco de ahorro pueden ser adquiridos para prolongar el gozo y el disfrute. Se entiende así que el hijo es la esclavitud antigua que somete a los padres a una vida de sacrificio constante, dejando de vivir para sí mismos para darle de vivir a otra persona que requiere múltiples cuidados para su correcto crecimiento y desarrollo. Ante la esclavitud antigua y molesta de la crianza del hijo, se oponen las ofertas del Mercado que prolongan el gozo en la vida y las experiencias nuevas ─que en el fondo son repetitivas─ de manera regular, que buscan que se entienda que merezca la pena haber tomado la decisión de vivir para uno en lugar de haber proseguido el linaje. Y es que para que esto cuaje como es debido, el sujeto necesita prolongar a su vez su percepción de fresca juventud, despreciando la seriedad y la madurez de la adultez que la vida va extendiendo en nosotros de manera natural según las experiencias y la edad avanzan. El sujeto hidropónico no acepta los efectos de cumplir años. Niega los efectos del paso del tiempo y trata de mantenerse en una franja vital que se le antoja perenne, desde la que quiere creer que siempre podrá empezar de cero en todo sentido, siempre podrá echarse una nueva pareja, siempre podrá empezar nuevos estudios o adquirir un nuevo trabajo, ignorando que si bien en ocasiones esto puede ser así, cada edad en la vida tiene sus momentos y oportunidades. Y tanto unos como otras pasan para no volver.
Incluso la muerte y el duelo son tres temas afectados por la concepción moderna de la vida hidropónica. Cuando una persona ─especialmente si es cercana─ fallece, el ser humano guarda en su acervo natural e histórico la expresión del duelo. Este ─que si bien es natural y vital, suele venir acompañado de otros rasgos culturales─ guarda tras de sí un comportamiento adaptativo necesario ante la nueva situación que transcurrirá una vez el ser querido haya desaparecido para siempre, comprendiendo por todos que nunca jamás se volverá a disfrutar de su presencia ni de sus rasgos y gestos. El duelo tiene como fin no solo una adaptabilidad a la nueva situación, sino ser un proceso de mentalización de que la vida es finita, los elementos de la realidad pasajeros y que nosotros algún día también nos iremos para siempre, sea por las causas que sean. El duelo es por ello un contacto directo con el padecimiento de la propia realidad. Un sentimiento extremo desde el que el sujeto palpa la aspereza natural del transcurrir de la vida y del que se obtienen múltiples experiencias necesarias para la preparación ante el devenir inevitable. El duelo, por último, también supone un respeto y un reconocimiento de importancia de la persona que se ha marchado, pues es una personalidad la que ha desaparecido y es la experiencia con la misma la que se detiene para siempre debido al comienzo de su ausencia. El sujeto hidropónico y la vida hidropónica pretenden no reparar en demasía en este comportamiento tan natural y lógico ante una situación trágicamente vital. Pierden conciencia de lo que significa el transcurrir y el desaparecer, evitando así un comportamiento tan humano (mencionaré asimismo que muchos animales también lo manifiestan) como el dolor de la pérdida. En su contraposición se tratará de mentalizar al sujeto de que precisamente porque todo es pasajero, uno debe tener las mínimas preocupaciones posibles y vivir efusivamente el momento. Y lo que pretende hacer efusivo este aspecto es precisamente el mar de posibilidades que el Mercado ofrece para contrarrestar la balanza de los dolores vitales. Un placer en una compra valdrá para sanar un duelo. Un viaje valdrá para olvidar mientras se esté fuera. Unas compras regulares en Amazon valdrán para mantener la mente despistada y no pensar tanto. El sujeto hidropónico evitará a toda costa la reflexión como fenómeno particular a la hora de digerir la realidad y los sucesos que en ella tienen lugar, como un ansiolítico muy eficaz que adormece todo el cuerpo y ciega el juicio. El Mercado en la sociedad capitalista realmente existente, de ciclo ampliado del capital y de donde surgen los sujetos hidropónicos, es el suministrador de todos esos ansiolíticos vía publicidad, vía series en plataformas, vía discursiva que ha conseguido calar en un número sustancial de sujetos en nuestras sociedades («no les des más vueltas, supéralo cuanto antes y a seguir viviendo con alegría») y vía redes sociales.
III. Escapar de los parámetros de la Modernidad es imposible: breve crítica a las posturas idealistas que a su vez critican la Modernidad.
Cada sujeto se encuentra contenido, aprisionado en su época y carece de la capacidad de poder desbordar sus patrones temporales. El hombre del Renacimiento, el del siglo XIX o el hombre del feudalismo tampoco pudieron escapar de sus parámetros epocales. Esto podría resumirse en un momento con la tan afamada oración «somos hijos de nuestro tiempo». Con más razón si los sujetos de cada época no se detienen ni un momento a reflexionar acerca de las estructuras (palabra muy empleada por filósofos posmodernos, por cierto) de la misma, lo cual haría al menos ser conscientes de en qué dirección marcha la corriente que nos arrastra a todos. Y no es que este desarrollo de conciencia vaya a permitirnos escapar de nuestra época, pero sí nos permitirá examinarla para elaborar planes y programas políticos que en un futuro deberían de ser útiles para transformar y revolucionar el presente. Asimismo y muy importante, podremos diagnosticar qué es efectivamente lo que hace que nuestra época sea lo que es (esencia) desde una óptica materialista política, y así no nos dejemos llevar por florituras romanticistas ni relatos caballerescos fantasiosos de altura divina o de condición perenne.
Todos percibimos que la Modernidad ha creado un vacío que podemos tildar de existencial en el hombre contemporáneo. Marx, como el mayor crítico de la Modernidad que fue, lo supo ver en textos tan tempranos de la misma como los Manuscritos de Economía y Filosofía de 1844, en La Sagrada Familia, en los Grundrisse o en el mismísimo El Capital. La obra completa de Zygmunt Bauman es una colosal y augusta oda a lo que la Modernidad hace del sujeto de nuestra época, sumiéndolo en una liquidez de la propia existencia en la que nada queda arraigado y todo pierde su anterior sentido social y biológico. Max Weber nos ilustró sobre los efectos del capital en la vida de la población tornándola irreversible. Y otros autores de variopinta condición disciplinar como Leónidas Donskis, Thomas Leocini o Buenaventura del Charco, este último por mencionar un ejemplo nacional, nos han ilustrado con sus saberes acerca de los efectos del sinsentido moderno y de los que no podemos escapar. Asimismo, la frase «el vacío de la modernidad» se ha escuchado de manera regular en boca de personas anónimas que han hablado en televisión o en canales de redes sociales en situaciones puntuales.
Con esto damos cuenta de que la crítica a la Modernidad, más o menos elaborada, bien en obras individuales, en obras conjuntas o en la opinión del sujeto de calle, es un fenómeno que se lleva dando desde el mismísimo surgimiento de la Revolución Industrial en Inglaterra. La crítica de la Modernidad no procede de la actualidad ni de un grupo ideológico concreto, sino que es algo que ya tiene muchos años y mucho recorrido.
No obstante diremos que lo que sí es actual es la crítica materialista política que podemos hacer hoy de la Modernidad, y esto es debido a que ahora mismo, en 2026, tanto el pensamiento materialista se encuentra más actualizado que nunca antes, y hoy el desarrollo de la Modernidad se encuentra en picos como nunca antes. Pues los fenómenos que hoy se están sucediendo llevan más velocidad y efervescencia que nunca, se da una superficialidad sin precedentes y debido a componentes como las redes sociales, hoy somos más prisioneros del influjo moderno que nunca antes en la Historia. Ni siquiera la situación era comparable quince años atrás.
En esto podemos estar de acuerdo todos los críticos de la Modernidad, tanto los materialistas como los idealistas. Ahora bien, no se pueden reparar los efectos de la Modernidad con soluciones metafísicas ni se puede ser antimoderno. Y explicaremos por qué.
Todo tradicionalismo guarda fortísimos componentes idealistas, insustanciales y anacrónicos formales en su acervo. Los tradicionalistas se han pretendido abanderar de la crítica a la Modernidad acentuando su sentido de oposición condensado en la dicotomía Tradición-Modernidad, una dicotomía que de por sí es moderna tal y como se ha explicado más arriba, fruto de la visión de los ilustrados franceses. Es decir, que los tradicionalistas, anunciando que luchan contra la Modernidad, emplean una concepción puramente moderna, que es hija de Helvétius, d’Alembert, Voltaire y Diderot. El tradicionalismo «clásico» y el tradicionalismo perennialista, los dos tradicionalismos existentes en la Historia, centran su crítica a la Modernidad en cuestiones metafísicas, fruto de de una visión que ubica al hombre y a las acciones de este en pos de una dirección suprasensorial y supraterrenal con la que de alguna misteriosa y críptica manera está directamente relacionado. Las razones de la crítica que ambos tradicionalismos poseen siempre estarán estrechamente relacionadas con la esencia ─en sentido metafísico, no físico─ del hombre. La Modernidad actuaría como una corrupción y una putrefacción del sujeto, corrompiendo sus propiedades celestes y su capacidad de conectar espiritualmente con los elementos de los que procede y con los elementos con los que está llamado a encontrarse tras la vida física y con los que, en el transcurso del viaje terrenal, mantiene un contacto único especial desde dentro en forma de llamadas interiores y enlaces que van más allá de lo físicamente explicable. Y es que para darle forma a esta explicación es necesaria la aplicación de un dualismo clásico en el que el ser se divide en dos ─primero los egipcios, después Platón, seguido de Aristóteles y más tarde las religiones abrahámicas─. Alma y cuerpo, espíritu y carcasa, sustancia y mundanidad. Cabe mencionar que en el sostenimiento de una sustancia metafísica e inexplicable como es el alma, pueden y de hecho se generan todo tipo de narraciones y exposiciones ontológicas que pretenden ser conexas entre los elementos que justifican la existencia del alma para que esta posea un campo de acción que, primero, guarde un sentido mínimamente racional, y segundo, pueda darse en él un lugar al error ─campo de pruebas que superar─ que provoque la desviación del alma hacia un infortunio que la condene para siempre. Que la haga perderse entre las tinieblas terrenales en su camino al brillante ascender. El elemento mítico, como es constatado, se halla totalmente presente en las visiones tradicionalistas clásica y perennialista.
La figura histórica del mito ha sido estudiada hasta la saciedad por filósofos, filólogos e historiadores serios centrados desde la Grecia clásica del siglo V a.C. hasta la lejana Polinesia anterior a los presocráticos, en donde encontramos mitos correspondientes al alma y a la cosmología (María Michela Sassi, Javier Murcia Ortuño, Cornford, Werner Jaeger, Walter Burkert, Carlos García Gual, Fränkel, Diller, Strauss Clay, Jean-Pierre Vernant, Huffman, Verdenius, F. Verbeke, Casertano, Leonard R. Palmer, etc.), y es que si bien el mito puede contener, y de hecho contiene, tanto verdades filosóficas ─reconocido por Aristóteles─ como aciertos psicológicos ─sin ser filosofía ni psicología─, en esencia supone ser un recurso válido para tratar de dar a conocer el origen de un pueblo mediante el rito. Y es cuando el rito se pierde, que el mito permanece de forma velada debido a que se ha transformado a un contexto cultural distinto, es decir, el estadio histórico ha sufrido una transformación. Los ritos como base de los mitos desaparecen con los oradores que hacían «cumplir» su posibilidad física, y los elementos de la narrativa mítica son los que han permanecido hasta nuestros días. El alma como componente mítico es un recurso que a día de hoy se sigue empleando debido a la renovación de múltiples frentes con base en la fe, desde creencias modernizadas como la astrología, la reencarnación o los efectos del karma hasta la fe de cualquier religión abrahámica. Y es que hoy, si bien podemos dar cuenta de que el sol no es movido por Helios ni la inspiración la causan las musas, lo que aún le otorga al alma un puesto especial es la condición humana ─y de todo ser vivo─ en relación a que cada sujeto es único e irrepetible, dotado de una capacidad de originalidad que nunca jamás volverá a repetirse con totalidad, si acaso solo con parcialidad. El alma vendría plasmándose en lo que hace que cada uno sea único e irrepetible, logrando insertarse en el concepto de esencia, secuestrándolo y dotándolo de una naturaleza metafísica, pretendiendo eliminar el significado físico de esencia.
El alma como elemento que se pretende metafísico necesita entonces de una abstracción para poder teorizarla, y una vez estando despejada del resto de compuestos que necesita para poder operar en lo terrenal, necesita obligatoriamente de una historia, un surgimiento ─sobre el que ninguna tradición se pone de acuerdo─, un transcurso y un fin semiparalelo al del cuerpo y al del resto de objetos físicos con los que puede interactuar. Por ende lo metafísico y lo físico encontrarán elementos en común en una linealidad temporal de la existencia material. El alma adquiere por ende un mismo encuadre que el campo material, principio, transcurso y fin, en el que este último siempre ha de ser o de triunfo o de caída, pero nunca de estaticidad o de condición cíclica eterna sin pruebas de superación ni pugnas contra el entorno (el Eterno retorno de Nietzsche o, a su manera, en el sentido del Universo).
La tradición por ende se encontraría predicando con este ideal como el único que aún permanece inalterado en significado desde que el ser humano construyó por vez primera los mitos, mientras que el resto de fenómenos de tal naturaleza han pasado a los libros de historia para dejar de ser aplicados. Y es exactamente el alma, como el último de los mitos que ha sobrevivido, lo que el tradicionalismo necesita emplear para dar lugar a sus explicaciones y a su lugar en el mundo. Sin alma y sin dualismo, el tradicionalismo caería como un castillo de naipes. Ambos dos recursos puramente metafísicos.
Es precisamente por ello que los tradicionalistas de toda condición necesitan, en su crítica a la Modernidad, centrarse en discursos que, afirman, atentan contra el alma misma, contra los valores y principios que de ella emanan y contra aquellas épocas en las que el ser humano se encontraba en una mayor sintonía con su espiritualidad. En respuesta al desvío al que nos somete la Modernidad y en pro de engalanar el alma, percibirán en los antiguos recursos literarios y míticos, así como en figuras de la historia que pretenden apropiarse para su causa, un arma contra la Modernidad mediante los que despedazarla. Don Quijote, Tristán, Apolo y Atenea, Odín, Roldán, Juana de Arco, Vercingétorix, Julio César o Platón son algunas de las figuras que valdrían como arma para una más que cuestionable representación de los valores tradicionales, como si estos fuesen eternos, estáticos y no susceptibles al cambio de los tiempos y a los efectos del devenir dialéctico, que es humano. El alma como elemento mítico vendría a encarnar la conducta o parte de la conducta que el ser humano debe de proteger y salvaguardar de las posibles desviaciones a las el entorno le somete para alcanzar un camino recto hacia el ascender o para alcanzar un estado ataráxico de la existencia hasta el día de la muerte. El tinte mítico se despliega en torno a nosotros con esta explicación y vemos que el mito del alma mitifica a su vez la conducta del ser humano. Como si de nosotros se pretendiese construir una personalidad caballeresca de novela medieval o de antigua nobleza augusta. Los tradicionalistas no negarán el problema que supone en el área social el sistema de producción capitalista, pero no situarán el grueso del problema en él, sino que lo harán en su propia forma de entender lo que la Modernidad es: un mero alejamiento de los auténticos y puros valores debido a la época en la que vivimos.
Nuestra posición materialista política por el contrario es la siguiente. Negamos la existencia del alma debido a que nuestro carácter filosófico es antimetafísico y antiidealista. Negamos las conciencias incorpóreas, pues la conciencia no es más que el resultado de conexiones neuronales, de áreas cerebrales desarrolladas e interconectadas y de patrones de la psique que generan ilimitadas formas de asentamiento del aprendizaje en forma de experiencia que dan lugar a la autenticidad del sujeto, haciéndolo único e irrepetible ante sus semejantes ─por ello se les puede diferenciar─. La realidad se construye de la mano del ego trascendental, es decir, del sujeto que efectúa la práctica histórica y social, que es el que opera en el mundo y por lo tanto en la Realidad. La Realidad no es creada ni gestionada por ideales perennes y eternos elevados y celestiales que no terminamos de conocer y a los que no tenemos acceso pero que intuimos, estamos conectados con ellos en misión y en carácter, lo que justificaría la plena fe por ellos. Sin el ser humano, sin su capacidad de estudiar, investigar y someter a la Naturaleza y a parte del Cosmos ─este en su sentido griego original como la Realidad en su conjunto, el todo real, no como el Universo donde residen las estrellas, que es con lo que hoy se reacciona la palabra Cosmos debido a la astrofísica─, el transcurso de la Historia que nos ha llevado hasta donde estamos y en donde surgen las ideas que hoy guardamos en nuestro seno en dialéctica, no hubiese tenido lugar. Nos hallaríamos en un momento histórico con diferentes propiedades y de distintos atributos, lo que nos llevaría con total seguridad a concebir los mitos de otras formas y a concebir el valor del sujeto por otros derroteros.
No se puede ser antimoderno, porque la postura anti supone ser una reacción epocal que entra en conflicto con una visión emergente ante la que se opone. Nosotros no hemos nacido en paralelo con el surgimiento de la Modernidad, en la premodernidad, sino que hemos nacido de lleno en ella, además en una fase muy avanzada de la misma, lo que, de nuevo, nos hace imposible escapar de ella, sin prejuicio de que no podamos ser críticos. La posibilidad que se da en esta situación es solo una, a saber: tras el diagnóstico de los problemas que la Modernidad hace latentes, proponer una vía para la superación de la Modernidad desde la propia Modernidad. Volver atrás en el sentido de estadio histórico o de concepción epocal es del todo imposible porque no hemos vivido la vida anterior al surgimiento de la Modernidad. Nuestros abuelos, si bien podían desarrollar sus vidas en entornos rurales y pastorales alejados de la ciudad, han sido testigos igualmente del avance de la Modernidad que han podido constatar con más o menos rapidez dependiendo del momento. Hay familiares que vivían en la gran ciudad y que en ocasiones pasaban el verano con sus abuelos. Hubo vecinos que adquirían productos fruto del avance del Mercado y que dejaban atónitos a los residentes rurales. La llegada de los teléfonos móviles. La obligación de tener una cuenta de banco, para lo que es obligatorio ir a la ciudad ─más tarde los bancos llegaron a los pueblos─. La relación con el crédito. El abandono paulatino de la fe y la disminución de asistentes a la iglesia. La compra de coches nuevos por parte de los miembros de la familia. El entretenimiento mediante aparato electrónico (los miembros más mayores de la familia lo harán con la televisión) y por ello el abandono de tareas caseras como coser o la preparación de mantequillas, mermeladas, dulces al horno, vino y pan. El abandono también paulatino de la crianza de animales en un terreno o del tan aclamado huerto. Todas estas prácticas que suponían ser los últimos actos de la vida premoderna está llegando a su total fin por la vía heredada, y todo ello no será debido a la pérdida de valores perennes o de conexiones místicas entre el alma y la naturaleza, sino al avance del Mercado y las extensiones del modo de producción capitalista en su ciclo ampliado, cuyo único fin es entrar en todas las casas, hacer del cien por cien de la población una sociedad clientelar y expandirse hasta el último pueblo del último rincón de la faz de la Tierra. Nadie que viviese en la «tradición», es decir, en épocas premodernas ─pongamos como ejemplo el siglo II a.C., el Descubrimiento de América por parte de España en 1492 o el año 1785, por poner aleatorios ejemplos─, llamaba a su época «tradicional» ni «la tradición». Insistiré en que este pensamiento dicotómico entre una época y otra, tan empleado por los tradicionalistas, es puramente moderno. Proviene de la época de la que tanto afirman renegar. Pero recordamos que el que caigan en estas fallas es algo esperable, pues nada ni nadie puede escapar de la Modernidad. Nada ni nadie puede escapar a su época.
La Modernidad se hace efectiva y palpable con los pasos de lo que la hace avanzar, que es el Mercado en el sistema de producción capitalista de ciclo ampliado. La sociedad clientelar hidropónica causada y afectada por el mismo capitalismo pierde todo sentido racional porque la Modernidad necesita irracionalizar a los sujetos para que sean perfectos clientes. Y es esta insustancialidad en el sujeto la que nos lleva a una decadencia ética, moral, integral y epocal que pone en crisis la dirección del ser humano en muchas áreas de la vida ─no en todas, seamos justos. La Modernidad si bien ocasiona auténticas catástrofes también ha logrado grandes avances y comodidades con los que en otras épocas soñaban─, no un alma que nadie sabe dónde se halla ni una conexión que no podemos conocer porque intuimos que carecemos de las herramientas psíquicas para ello.
En otro escrito del mismo tipo ahondaremos en la cuestión de cómo el sujeto puede retomar las riendas de su vida para llevar a la sociedad a una buena dirección segura sin la necesidad de tradicionalismos ni de metafísicas confusas. Pues no es necesario, para volver a obtener integridad epocal, proponer una idealización del pasado. Por el momento, este escrito llega hasta aquí.


