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El PP gana las elecciones, pero Andalucía no le da la llave de San Telmo.

El Partido Popular de Juanma Moreno ganó las elecciones andaluzas del 17 de mayo, sin embargo, perdió la mayoría absoluta que creía tener asegurada. Con el 100% del escrutinio, el PP obtuvo 53 escaños y el 41,6% de los votos - batiendo su récord histórico de sufragios en términos absolutos -, pero quedó a dos diputados del umbral de los 55 necesarios para gobernar en solitario. Paradoja matemática que el sistema electoral D'Hondt explica mejor que cualquier narrativa política: más votos, menos mayoría.

La paradoja D´Hondt


El PP sumó casi 150.000 votos más que en 2022, pero perdió 5 escaños, descendiendo de 58 a 53. La razón: la estabilización de Vox en el escenario político y el ascenso de Adelante Andalucía fragmentaron el reparto provincial de diputados, impidiendo que el aumento del voto popular del PP se tradujera en representación. Un ejemplo más de cómo el sistema electoral andaluz, con sus ocho circunscripciones provinciales, penaliza la fragmentación y premia la concentración de voto en partidos grandes…excepto cuando todos crecen a la vez.


Aunque cabe destacar que dentro del PP, la noche electoral tiene sus propios ganadores y perdedores internos. El modelo Moreno - ajustándose a un perfil de burócrata que administra en lugar de confrontar porque eso “es un lío” y con el que obtuvo la mayoría absoluta en 2022, precisamente porque ese perfil moderado sedujo al votante que Ciudadanos dejó huérfano -, sale de esta noche debilitado frente a la facción madrileña de Ayuso con quien mantiene la batalla interna entre la gestión moderada versus la confrontación permanente, abrió esta noche un nuevo capítulo.


Por su parte, la campaña electoral fue en términos de intensidad, algo insustancial. Los grandes escándalos que consiguieron acabar con el ciclo socialista - el caso de los ERE, con más de 300 millones de euros en ayudas fraudulentas - no tienen equivalente en el debe actual del PP. Las críticas a la gestión sanitaria (los cribados de cáncer de mama, las listas de espera) y al deterioro de la educación pública fueron armas legítimas de la oposición, pero no alcanzaron el dramatismo necesario para movilizar el voto castigo. A pesar de su indigestión moderada, PP ha gobernado sin titulares tan negativos como los del PSOE y eso en democracias liberales con una corta memoria electoral, suele ser suficiente.


No nos olvidemos del detalle, que quizás no pase a los pie de página de los manuales de Comunicación Política, pero sí que marca una nueva forma de liderazgo comunicativo. Por primera vez en la historia reciente de las elecciones andaluzas - y casi podríamos extrapolarlo al resto de comunidades - el Presidente de la Junta de Andalucía compareció ante las cámaras y antes de que se conocieran los resultados. Un gesto menor, quizás. O quizás la señal de que el poder ha aprendido a gestionar el relato antes que los datos puedan limitarlo. En una noche donde todo lo demás era predecible, al menos el protocolo tuvo el detalle de recordarnos que la forma de ejercer poder y proyectarlo también cambia, aunque los resultados tarden en hacerlo.


El Partido Socialista Andaluz, por su parte, ha cosechado el peor resultado traducido en escaños de su historia en Andalucía, recordemos que la región ha sido el bastión de esta organización durante 40 años sin embargo ha obtenido 28 escaños y el 22,7% de los votos, bajo la candidatura de María Jesús Montero, número 2 del Presidente del Gobierno. Este dato es llamativo porque en términos absolutos, el partido ganó 57.000 votos más que en los comicios celebrados en 2022 - señal del aumento en la participación -, pero sin embargo, este crecimiento no se ha visto reflejado en el número de escaños. La candidatura de Montero, percibida como demasiado cercana a la órbita de Pedro Sánchez, no logró activar el voto de centro-izquierda desencantado ni siquiera constituirse como una alternativa de oposición seria y responsable, como pretendía la propia Montero. En Andalucía la marca Sánchez ya genera más recelo que ilusión y este ha sido un claro ejemplo.


La gran sorpresa de la pasada jornada electoral fue el sorpasso de Adelante Andalucía, la formación andalucista liderada por José Ignacio García y que nació en el seno de los anti capitalistas liderados por Teresa Rodríguez, que pasó de 2 a 8 escaños y multiplicó por cuatro su representación. Los datos confirman una lectura que va más allá de la noche del 17 M y es que el electorado de izquierda más regionalista, conecta con el mismo sustrato histórico que alimentó al Partido Socialista Andaluz durante décadas y que la candidatura de Teresa Rodriguez llevaba años intentando capitalizar. La ironía es que el crecimiento de Adelante Andalucía se ha producido a costa de la división entre los andalucistas y Por Andalucía, la coalición de Podemos, Sumar e Izquierda Unida, que a pesar de mantener sus 5 escaños ha perdido más de 23.000 votos. El coordinador federal de IU, Antonio Maíllo pidió “una izquierda unida para todo el país, no una izquierda troceada en cada territorio”. Difícil consigna cuando la fragmentación es precisamente lo que ha originado ese aumento de cifras para Adelante Andalucía.


Y mientras el PP pierde la mayoría absoluta que daba por asegurada, Vox vuelve a consolidarse como el actor imprescindible de la derecha andaluza. La formación de Santiago Abascal apenas ganó un escaño con Manuel Gavira como candidato, lejos de cualquier expectativa de crecimiento espectacular, aunque sí mantiene intacta su utilidad parlamentaria: la de convertirse nuevamente en la llave de San Telmo. Porque en un escenario político cada vez más fragmentado, no siempre gana más poder quien más crece, sino quien resulta indispensable para gobernar. Y esa posición, incómoda para el discurso moderado de Moreno Bonilla pero decisiva en términos institucionales, vuelve a colocar a un partido como Vox en el centro de la aritmética política andaluza.


Finalmente, existe una cuestión de alcance nacional que conviene no perder de vista y me refiero al fenómeno del voto dual. Los andaluces, como ha demostrado su tradición electoral desde los años ochenta, tienden a distinguir entre lo que votan en elecciones autonómicas y lo que reservan para las generales. En unas generales con el estado de excepción permanente que gestiona Sánchez - la llamada “política en tiempos de guerra” -, el PSOE puede seguir siendo competitivo, por lo que hablar de una tercera legislatura de Sánchez no es algo descabellado, aunque sí que sería sostenida por una base electoral que en Andalucía se continúa erosionando.

Sobre el autor

Yolanda Molina

Yolanda Molina (Melilla, 1999) es graduada en Ciencias Políticas y de la Administración Pública por la Universidad de Granada, donde combinó sus estudios con el Grado en Derecho. Nacida en una ciudad fronteriza, desarrolló desde temprana edad un interés por la política territorial, la administración pública y las relaciones internacionales. Ha participado en simulaciones del Congreso de los Diputados y en presentaciones en diversos espacios universitarios, y ha cursado seminarios sobre el estatuto de autonomía de Melilla y su régimen como ciudad autónoma (UGR), el sistema de pensiones a debate (UMA) y las bases para un nuevo republicanismo (UCM). Su trabajo de fin de grado abordó la globalización desde el caso de la OTAN. Su análisis se centra en geopolítica, análisis estratégico y política comparada. Con gran pasión por los idiomas, habla español, árabe, inglés e italiano.