EL FENÓMENO DE LA FE Y LA TRASCENDENCIA EN EL MATERIALISMO Y EL MARXISMO
«Nada más noble y real que una concepción materialista de la existencia»

Introducción
Este es un tratado Materialista Político
Diferentes posiciones existen desde las que se le acusa al marxismo y a la posición filosófica materialista de generar vacíos en el seno de las sociedades que producen.
Una máxima clásica tradicional es aquella que apunta a que sin fe y sin trascendencia, sin creencia en Dios, la sociedad queda coja. Hueca. El sujeto, huérfano y desnortado. La fe en un escenario metafísico cuya historia milenaria augura una salvación e incide en un cuidado y supervisión de un Padre vendría a ser todo el compuesto necesario para darle una correcta dirección a la sociedad y al sujeto, según estas posiciones. Presunta consecuencia de haber borrado a Dios, siendo ahora el Estado u otras cuestiones las que vienen a ocupar su lugar. No obstante aclaremos que la articulación de un sistema de creencia metafísica tiene la capacidad de calmar conciencias. Ayuda a que la cabeza descanse. También educa a las masas. Y brinda a todos un marco ético y moral por el que moverse y que utilizar; siendo así cómo se conseguiría una forma de cohesión social y en cierto modo, eutáxica.
En este escrito nos proponemos demostrar, mediante un análisis del fenómeno de la fe y la trascendencia, las ambivalencias de las mismas, así como demostrar que las sociedades donde impera el Ateísmo de Estado y la mentalidad social y educación materialista pueden, de igual forma que las sociedades de fe, mantener un grado de buen orden y ofrecer un marco ético y moral que sirva de modelo para el porvenir de la misma y su prolongación en el tiempo. En este escrito se incidirá en el conflicto entre la posición atea y la creyente, de manera irremediable.
I. Desarrollo
Comencemos por el principio.
Partimos de la verdad desde la que señalamos certeramente que el sujeto sin misión vital se desboca. Y solo con esta afirmación hemos planteado un gran problema.
Sí. El sujeto de cualquier parte del globo, de cualquier época histórica y perteneciente a cualquier marco cultural e ideológico, sin una misión que determine su ser a futuro, queda arrojado al desamparo vital. ¿Por qué desamparo vital? ¿Qué significa «vital» aquí? Con este término haré referencia a las distintas áreas de la vida que le brindan un sentido a la misma. Una necesidad vital vendría siendo cumplir un plan de años que incida en la mejoría de la vida de uno; la formación de una familia; llegar a ser lo que una vez siempre se soñó alcanzando las metas necesarias; no traicionarse a uno mismo ni al grupo ni a los intereses generales de la sociedad de la que se proviene; la mejora irreversible ─o al menos el intento─ de la nación de la que se forma parte; que un grupo que emprende una cuestión, sea esta de la clase que sea, le otorgue a uno el respeto en base al reconocimiento, haciendo que se forme parte del proyecto en cuestión; superar dificultades que hagan que se salga del atolladero que hasta ahora ha dificultado la vida. Cuestiones grandiosas para el sujeto y que de una forma tangible nos hagan trascender de un modo u otro.
Todos estos ejemplos citados son necesidades vitales que cualquier sujeto no desbocado y bien direccionado, tiene. El desamparo vital, por su parte, es reconocido como la situación en la que se hallan muchos que carecen de planes de superación, de metas, o bien sólo adquieren pensamientos ambiguos, indefinidos, no encaminados a un lugar específico, que implican que el sujeto posee un vacío que lleva a sentir que la vida es un «pasar el tiempo». Un vacío que muchos denominarían existencial. Un lugar de padecimiento. Una situación que implica inamovilidad y desde la que no se halla el móvil por el que tomar las armas. Un mero existir hacia el final y nada más. Una carencia, en definitiva, de sentido en el existir y en el transcurrir.
Ahora bien, se ha mencionado que con la cuestión de la misión vital le hemos abierto las puertas a una gran problemática. Y es la que sigue.
Toda misión vital se halla orientada a una trascendencia, y a su vez toda trascendencia se halla anclada a un proceso de orden, o bien de desorden para establecer un nuevo orden ─una revolución, por ejemplo─. Hay múltiples maneras de corresponder con el hecho de trascender, y esto no es discutible. El problema viene dado cuando hemos de aceptar que de entre las formas de trascender hay un conflicto de trasfondo filosófico que necesita de resolución. Porque cada óptica incidirá en el hecho de trascender a su propia manera, lo que a su vez significa una lucha entre todas por imponer su vía. Muchos deciden trascender con Dios en sus vidas y mediante los valores desprendidos del sistema ético y moral cristiano, judaico, islámico o cualquier otro, pero muchos otros optan por trascender incidiendo en el acervo de la sociedad política y su prolongación en el tiempo sin necesidad de adherir el hecho a cuestiones metafísicas. Y dadas las críticas hacia la concepción materialista, es aquí cuando se hace menester preguntar entonces, ¿es que acaso solo Dios puede otorgar el beneplácito de poder finalizar la vida con el convencimiento de que el sujeto ha dejado su justa huella en ella? ¿Podemos afirmar que solo Dios brinda el derecho existencial en lo que se está llevando a cabo a efectos de trascendencia vital? Naturalmente no sólo la concepción de y en Dios brinda esta posibilidad de proceder. La pregunta que surgiría ahora es, ¿la óptica materialista no guarda una concepción en base a la capacidad de reflejar los efectos de los hombres en la vida, de manera que las generaciones futuras se apoyen buenamente en los hechos de las generaciones pasadas? ¿El Materialismo no puede concebir la vida y el transcurrir en el tiempo de manera que los buenos y justos valores se prolonguen? ¿Es que la metafísica se hace obligatoria para el buen resultado del comportamiento humano y para el legado de buenas obras? ¿El Materialismo, en definitiva, carece de la capacidad de racionalizar la sociedad política así como el comportamiento humano en el que aplicar una moral y una ética aceptables? ¿El Materialismo es capaz de ofrecer una posibilidad de trascendencia, a juzgar por las críticas de las posturas creyentes en escenarios metafísicos?
La verdad es la siguiente. Independientemente de la concepción de cada cual, sea esta metafísica o sea materialista, los efectos de los hechos solo pueden ser plasmados en la realidad política ─pues no hay otra realidad alternativa en el proceder del zoon politikon─. La óptica materialista y por ende la marxista brindan de igual forma un modo de trascendencia en el sujeto vía proceder político como concepto límite. Esta trascendencia no es concebida ─ni puede serlo─ metafísicamente, pues el presente en marcha, el avance del espacio-tiempo hacia adelante, es la única realidad aceptable desde esta óptica filosófica ─y desde la Realidad misma─. No obstante pensemos lo siguiente: un compendio de creencias metafísicas de las que se desprende un sistema ético, moral y político incide de la misma forma en la que lo haría un sistema filosófico materialista. Lógico, ¿verdad? El conflicto entre ambas ópticas, reveladas estas en el único escenario de la Realidad posible, que es el transcurrir del espacio-tiempo hacia adelante, está servido, dado que el sistema metafísico luchará por plasmar su sistematicidad en pos de una dirección paradisíaca mientras que el materialista lo hará en pos de una dirección mundana o secular. Esto significa que las normas o leyes inspiradas por el sistema metafísico vienen dadas por un ideal de Bien ─contemplado ya en Platón─ que ha sido otorgado por Dios para regir su obra, que es la Realidad misma. El pensamiento imperante del metafísico vendría a tratar de implantar un intento del Cielo en la Tierra para dejar a esta última en un mejor estado que en el que se halló en un pasado, antes de partir hacia el lado de Dios tras la muerte. Las sociedades de creencia metafísica predican con la trascendencia mediante el ideal de la Ciudad de Dios, en la que han de predominar, en el caso cristiano, los principios bíblicos y teológicos conductuales, encomendados por el Creador, formando así la sociedad que sigue a Dios. Naturalmente todos estos principios están dirigidos a Él, por Él y con Él. Esto permite sostener que el sentido de la existencia misma, del transcurrir del espacio-tiempo, tiene lugar en lo que vendrá después de morir, concibiendo la vida como una prueba de fidelidad a Dios en pos de constatar su bienaventuranza y su capacidad de adherirse a su Creador, o bien de separarse de él.
La fe en Dios constituye un tipo de sociedad que, al prolongar el Apocalipsis hasta nadie sabe cuándo, ha de esperar paciente a este evento sosteniendo el mismo compendio de valores de manera constante, perenne. Una sociedad que, como ya he dicho, desde el acervo bíblico en el caso de nuestra parte del mundo, marca el ideal de Bien, el ideal de Mal, el ideal de Justicia, de Injusticia, de lo que es aceptable y condenable, o lo conveniente de lo inconveniente.
Sin tener en cuenta a la Ilustración francesa por su altísimo grado de ambivalencias, ambigüedades, contradicciones y confusiones existentes en su seno, se ha concebido que la óptica secular ─que es anterior a la Ilustración, por cierto─ ha llegado para desmantelar, no expresamente el orden cristiano de la fe en los valores y principios bíblicos y teológicos, sino toda estructura de imposición de valores y a desmontar toda posibilidad de edificación de un sistema de principios capaz de regir a las sociedades, sembrando en ellas el libertinaje y el desarraigo. Lo secular sería, en palabras de algunos, el triunfo de Satanás en el proyecto de Dios. La máxima corrupción posible de lo establecido y lo que le abre de manera sistemática las puertas a la blasfemia.
No obstante, todo esto son meros formalismos epocales y doctrinales encadenados a lo que venimos explicando, a un modo metafísico de entender la existencia y sus procederes. Los valores cristianos no son originarios de sí como si estos fuesen causa sui bibliae, sino que pueden ser hallados en todo el vasto acervo literario grecorromano, desde los diálogos de Platón y la ética aristotélica hasta Séneca pasando por Cicerón. Felicidad, buen obrar, mantener amistades, el sacrificio de la persona por los suyos, los modos de vida saludables, consejos para evitar problemas, el amor, la correcta alimentación, mejorar y afianzar el sistema político, lograr un ideal modelo de República, etc, son aspectos tratados hasta la saciedad por Grecia y Roma antes del nacimiento de Cristo y la formación de la Biblia. Y es que los altos valores y principios son transmisibles en cualquier sistema de pensamiento, en cualquier sistema filosófico, siempre y cuando este incida en una correcta visión de la vida en la que predomine la salud, el buen obrar y el querer el bien para el prójimo y la comunidad. La idea de Bien, lo decimos rotundamente, no es hecha exclusiva por el Cristianismo por haber predicado con ella desde su acervo epocal, ni mucho menos por conclusión tradicional grecorromana como buena consolidación de la filosofía griega y el derecho romano que es. Los valores de lo que muchos se abanderan de haberle dado forma a las sociedades cristianas son valores anteriores al Cristianismo. Valores de hombres paganos y de hombres que si bien no eran ateos en el sentido actual, como Epicuro o Demócrito, sí afirmaban que, de existir los Dioses, estos no podían interactuar con la Realidad o bien se habían olvidado de ella.
Las críticas al pensamiento materialista por parte de cristianos, «tradicionalistas» e incluso tercerposicionistas, las cuales nos acusan de estar faltos de valores y principios aptos para regir la sociedad, haciendo que las desboquemos, no son más que una incomprensión del alcance de los esquemas y las totalidades del propio pensar materialista y una falta de consideraciones hacia la capacidad de obrar del Ego Trascendental que han quedado eclipsada por la tendencia metafísica hacia la que orientan sus acciones, teniendo, forzosamente, que relacionar al Ego Trascendental con los mandatos de Dios. El Materialismo viene a desarticular la naturaleza metafísica de sus postulados, y naturalmente no puede ser visto como una alternativa ni medianamente fiable, pues aleja al sujeto de los brazos de la fe metafísica. El Materialismo, a lo que viene es, tajantemente, a afianzar el buen orden de la vida política expulsando todo consuelo metafísico de nosotros. Viene a extirpar de nuestras miras el falso descansar interior que produce la idea de una vida tras esta, incidiendo esto último en la pasividad presente en vistas a una preparación para un futuro interdimensional ─pues la segunda vida tras esta ha de estar ubicada en otra dimensión paralela, fuera del espacio-tiempo─ en el que todo funciona sin el más mínimo problema y al que no nos llevaremos ninguna distorsión de este mundo para corromper el que viene, al lado de Dios. Olvidaremos las pugnas de esta vida, las diferencias doctrinales, los enfrentamientos históricos y hasta desaparecerá nuestra naturaleza dialéctica y política. El Materialismo viene a rechazar la condena que desde la metafísica se le brinda a esta vida en preparación espiritual para la que viene. Incidimos en que solo existe esta vida. Los recuerdos, los sentimientos y el ser en el espacio-tiempo tras la muerte desaparecerán para siempre como entes del plano físico, de la misma manera que no tuvieron lugar antes del nacimiento. Vamos al mismo lugar del que venimos, y es en esta vida, como fenómeno temporal en el Cosmos, en donde indicamos que ha de haber una mejoría y que debe tener lugar en el presente en marcha mediante nuestro trabajo, en el que se apoyarán las generaciones del futuro debido a los altos valores que la sociedad política debe contemplar y con los que debe predicar, siempre de forma realista y no idealista. La trascendencia en el Materialismo es ontológica y gnoseológica, es la capacidad política de superación de problemas, de mejoría de la vida en general, desde eliminar el hambre hasta erradicar las enfermedades que nos asolan, pasando por hacer que todos tengan un hogar, la eliminación de las incertidumbres de la vida que producen el decaimiento de los ciudadanos de la sociedad política, el descubrimiento y exploración científico técnica de nuevas parcelas de la Realidad vía avance científico, insistimos, o la eliminación de la explotación del hombre por el hombre. El Materialismo reconoce así al Ego Trascendental (el Ego Trascendental es la acción colectiva, histórica y práctica de la humanidad que transforma el mundo de manera consciente) como un artesano de la Realidad ─no como un cartógrafo de la misma─, un ser práctico que hace avanzar todo plano con su trabajo y acciones plurales. Pues es el trabajo la única actividad posible capaz de hacer avanzar las áreas de la vida y de la misma Realidad política, sin posibilidad de que otra pueda ocupar su lugar. Sólo la producción y los servicios ofrecido por la clase obrera son el elemento que hace que la Realidad política sea transformada para la obtención de los principios descritos mediante un proceso de racionalización política que viene a crear la disputa con el actualmente establecido.
Y es que el fenómeno de la trascendencia puede ser percibido por la conciencia humana de forma metafísica o de forma materialista, siendo ambas relaciones las únicas posibles en cuanto a entendimiento de lo que un proceso de trascendencia es. Visto desde una óptica materialista, cuando morimos, seguimos existiendo en nuestras aportaciones a la vida, en nuestra obra, en nuestro trabajo, en nuestros hechos. El pasado no es más que los recuerdos del presente, y el sujeto, para permanecer en el futuro después de muerto, debe de cuidar su presente para que sus hechos sean recordados por siempre y sus acciones también, y para ello es indispensable unos valores nobles, altos y de «inmiscusión» con la causa del avance de la sociedad política. Insistimos: los altos y nobles valores, aquellos que son capaces de regir a una sociedad y que sirven como marco de referencia para el comportamiento de los demás, son obligatorios en un sistema de sociedad materialista. No son exclusivos de los sistemas de pensamiento metafísico de origen grecorromano y posteriormente de tradición abrahámica.
La fe es un aspecto imprescindible en un sistema metafísico de creencias, puesto que es lo que posibilita la aceptación del orden que emana de las enseñanzas sagradas y del orden que busca implantar la Biblia ─o el texto de turno que venga a valer de ejemplo─. Entiéndase bien esta explicación. La fe no es sólo la creencia a ciegas en un relato por el que se apuesta por brindar sentido a la existencia. La fe, en esencia, no es más que confianza en una forma de funcionar, y de la misma manera que se puede tener fe en un pensamiento metafísico, se puede tener confianza en un sistema político que, al contrario que el metafísico, se deja ver diariamente, construido con mentalidad fuerte de comunidad, y que sus frutos pueden ser oteados en todo momento. Y es que la eutaxia de una nación política o de un sistema ─esto es, el buen orden prolongado en el tiempo─ es un fenómeno que podemos ver a lo largo y ancho de la historia política, especialmente, aunque no únicamente, desde el triunfo de la Revolución Francesa y el nacimiento de los Estados nación. Cada nación desde el siglo XIX le es fiel a su idiosincrasia y a su manera de funcionar, independientemente de que ella les lleve o no a buen puerto, cosa que se contemplará en progressus. Y la eutaxia, decimos, no tendría cabida sin una fe/confianza en el sistema político en cuestión. La fe como confianza es la base de todo aspecto que en el ser humano otorgue la trascendencia, pues, ¿qué sería del avance sin trascendencia? En el sentido de clase, el obrero es inmortal mientras existan clases. Su obra es ilimitada, pues esta siempre actuará en las innovaciones y las construcciones de todo lo necesario para la actualización de la sociedad, y sin ello, no hay trascendencia posible. Sin obra humana no hay trascendencia posible, y esta trascendencia tiene como buen soporte no solo la posibilidad de ejecutar los hechos necesarios, sino la confianza en el sistema. Una confianza materialista y no metafísica, que convence a los sujetos de su papel en la sociedad y de su vuelco en la misma para las generaciones que vendrán y que les tendrán de ejemplo a seguir. La trascendencia y la confianza tiene como objetivo, si están bien situadas, el ser un ejemplo para el futuro. Para no decaer, para no abandonar, para hacer más grande lo que es para todos y asegurar la eliminación de las dificultades, de las desubicaciones en la existencia y para marcar el papel que los sujetos han de tener en la sociedad, en la Realidad, en este fenómeno del Cosmos temporal hasta que la muerte nos lleve para siempre. Y este discurso, incidiré en ello, es muy diferente e incluso opuesto en varios términos, al discurso de la Ilustración. No se nos puede llamar, a los materialistas políticos, ni hijos de la Ilustración, ni herederos de la misma, ni neoilustrados. El Materialismo Político excede las fijaciones de la Ilustración, si bien pueda parecer algo similar por trabajar con los mismos materiales con los que ellos trabajaban, desde la óptica laica radical y secularizada. La secularización no tiene origen en la Ilustración, sino en la ideas de Juan de París (S.XIV). La idea de Estado en República es griega. Y las ideologías ─que muchos han llamado «las religiones de la Modernidad» o «lo que nos ha venido a separar, mientras la idea de Dios nos mantenía unidos, como fenómeno de la Modernidad»─, son, tambien, de origen griego; pues mantengo firmemente la posición de que las ideologías son inherentes a la figura del Estado en República, pues para hacerse con él y conquistarlo es menester de elaboración de claras y rotundas ideologías. La idea de República de Platón y su sistema es una ideología. La Política de Aristóteles en los que se plasma el orden del Estado, es una ideología. Los discursos éticos de los estoicos en la Stoa tenían fuertes componentes de ideología. Así, las ideologías son tan previas a la Revolución Francesa y a los jacobinos como lo es la Atenas de Pericles y la fundación de la Academia y el Liceo. Las ideologías no nacen con la Modernidad, nacen en la Grecia clásica.
Vayámonos ahora a otro tema. A día de hoy en pleno año 2026, seguimos oyendo y leyendo expresiones como «tengo miedo de que todo acabe. De que no haya nada más». Ciertos sujetos caen presos del miedo a la finitud de la vida, y esto es algo que podemos observar en muchas épocas y en diversos autores. Desde Antonio Machado y Miguel de Unamuno hasta Dostoyevski, pasando por Kierkegaard o Sartre. Desde la Antigua Roma hasta el siglo XIX, pasando por el ambivalente e inestable siglo XXI español.
Entendemos que el Materialismo es duro de concebir para muchos, pues niega las conciencias y las voluntades incorpóreas. Niega a Dios. Niega la Divinidad. Niega la tendencia a creer que los fallecidos de uno le cuidan desde el cielo. Niega las dimensiones paralelas a la nuestra desde las que un padre, una madre, un hermano, un amigo o una pareja fallecida entablan contacto con nosotros. El Materialismo elimina la posibilidad del mantenimiento del contacto, apuntando a que cuando todo acaba, todo se pierde de manera vital, de forma que no podemos volver a encontrar a ese alguien en ningún lugar. En efecto, lo negamos. Y esta negación se torna insoportable para muchos porque se resisten a aceptar que la vida pueda seguir sin ellos. Que la vida pueda seguir sin el cuidado que nos brindaron los que ya no están tras desaparecer para siempre. Terror a la pérdida y pánico al afrontar la vida un poco más en soledad. Y esto es algo muy prosaico. En realidad el apego a lo que conocemos responde vitalmente a la necesidad de seguridad en la vida que de manera natural se presenta como inhóspita. No obstante desde el Materialismo se apunta a domar las parcelas de la naturaleza ─no a hacerla desaparecer o no a emplearla como lo harían los transhumanistas─ de una mejor, o más racional manera a como se hace en la sociedad capitalista, la cual mantiene grandes áreas inhóspitas en la que el sujeto se ve forzado a seguir los planes del sistema productivo bajo la amenaza de morirse de hambre, perder su hogar y perder su lugar en la vida. El Materialismo y por ende el marxismo atajan el miedo a lo inhóspito de la vida haciendo que la sociedad, que la nación, se vea a sí misma como una gran familia; en conciencia de comunidad; como un sistema colectivo en el que nadie ha de verse ni sentirse desamparado; en el que siempre se contará con lo necesario para que la vida tenga todo el sentido de ser transcurrida hasta el final a pesar de los dolores y desgracias vitales que hay en ella y que siempre habrá. Entendemos, evidentemente, que nadie ocupará jamás el lugar de nuestra madre, de nuestro padre, de un hermano o de un abuelo, pero eso no es menester para la conformación de una sociedad política que sea capaz de producir en el sujeto la eficacia de la colaboración y la prestación de sus fuerzas para la seguida hacia adelante. El Materialismo y por ende el marxismo establecen una confianza en este tipo de sociedad, de manera que el sujeto mantiene una fe mundana, relativa a la Realidad, y no relativa a otros mundos ni a una mano divina que asegura un cuidado que no se plasma más que en interpretaciones y en engaños que la conciencia acepta para calmarse. El consuelo del Materialismo es la eficacia de la Realidad labrada y edificada mediante la concepción del trabajo socialista, de la visión comunitaria, de la visión nacional conjunta ─al menos en estas fases actuales─. Y decimos que en estas fases actuales, porque no podemos saber qué ocurrirá con las naciones, por ejemplo, en el año 21.000 d.C. El consuelo en los frutos de la visión materialista son efectivos, son palpables, son tangibles. Y tú, lector, sabes muy bien que si guardas un consuelo en Dios o en cualquier otra creencia de naturaleza metafísica, lo haces a tu forma más o menos personalizada. Te consuelas con una idea ante la que te has consagrado ─sí, quizá de una forma noble e íntegra─, ante la que te rindes cada vez que necesitas escapar de lo que sucede en el Mundo o ante la que reflexionas para coger fuerzas, ante la que te postras cuando necesitas hablar con un algo que crees que te comprende y del que no guardas una sola prueba tangible, pero en realidad lo que sucede es que eres tú entendiéndote en tu propia mente. Pronuncias en ella lo que desearías confesarle a alguien con el que establecer una conexión a extremos cercana, única y genuina. Y estableces con ese comportamiento la necesidad de levantar la fe hacia otra vida, una realidad paralela, quizá fuera del espacio-tiempo, en otra dimensión, en la que la conciencia sobrevive al paso hacia ella y es eterna y la conexión jamás alcanza el fin, pues eterno es a quien hablas en tu mente y el escenario al que piensas viajar.
La corruptibilidad de los elementos del presente en marcha y de las situaciones concretas es uno de los principales alicientes que impulsan a las creencias metafísicas y la ordenanza que emana de ellas en los tiempos que corren, en los que muchos creyentes no lo son por tradición, sino por decisión. El establecimiento de un confort mental al que retirarse y al que confesarse es el resultado de todo ello. No obstante, el no soportar el transcurso de la Realidad ni la naturaleza de sus elementos o el necesitar una obtención de fuerzas que en el fondo se la da el sujeto a sí mismo, decimos, es una entrada voluntaria a la caverna, no una salida. Se ha de soportar el sol del exterior para transformar la Realidad mediante un método que nos imponga permanecer afuera, y no el consuelo en un escenario metafísico. No se nos malentienda: aquí reconocemos la gran racionalidad de múltiples áreas de la teología y de la filosofía de figuras como Aquino, y también reconocemos abiertamente lo positivo para el ánimo que infunde en muchos; no obstante, por grandes racionalidades que podamos hallar en sus textos, todo el sistema de creencias metafísicas, en conclusión, buscará entablar la existencia de dicho escenario, formalizarlo y estructurarlo para dotarlo de una solidez menuda y digna de tener en cuenta en la historia de la filosofía y la teología, mediante un proceso de idealismo. Ideas formuladas por la conciencia. Ideas que la conciencia pretende que participen de la Realidad. Ideas de la conciencia que regularían la materia. Ideas elaboradas por la conciencia que, sin previa experiencia del mundo material, no establecerían una existencia alternativa hacia la que vamos que, forzosamente, ha de verse como el mundo material: una pradera verde, un río, una campiña, una puesta de sol, un bosque tupido, un paisaje limpio y fresco, armonía en una situación estática, eterna. La conversación sobre la muerte entre Gandalf y Pippin en El Retorno del Rey.
En realidad no existe un problema palpable en que un sujeto decida entregarse a un ideal metafísico. El problema para la concepción materialista es la incidencia en el grado de racionalidad que suponga la incorporación a ella. Y por supuesto, como cuestión de poder, una concepción materialista política aplicada jamás permitiría que hubiese elementos metafísicos en su acervo. Es decir, no existe problema en que sujetos decidan entregarse a la religiosidad, pero el poder que rige la sociedad jamás se inmiscuiría en ello. La educación de las generaciones venideras vendría estando firmemente apegada a la concepción materialista política. La lógica, la filosofía, la política y las relaciones políticas también se hallarían sumamente articuladas por ella, sin perjuicio de la existencia de la Iglesia en el suelo de la nación, eso sí, sostenida por ella misma en base a sus propios feligreses. Un Ateísmo de Estado radical vía método materialista político en su totalidad.
El proyecto materialista en materia de educación es la enseñanza de altos y nobles valores que hagan funcionar colectivamente a la sociedad política. Se les enseñaría a las nuevas generaciones a no tenerle miedo al porvenir, a no necesitar un consuelo metafísico, a comprender la Historia desde las razones objetivas de la existencia y de las relaciones entre los hombres en dialéctica. A transformar la realidad a través de la colectividad del trabajo. A que trascender, significa llegar a los niveles más altos de la propia vida para dejar nuestra justa huella en ella, y que en ella se apoyen los generaciones futuras desde la misma óptica. A que emprendan una obra imborrable como miembros de una sociedad cuyo futuro ha de ser glorioso y de dominación de la naturaleza de forma racional, y que sus obras permanezcan, siendo estas los elementos de su inmortalidad en el paso del espacio-tiempo. El Materialismo apega al sujeto a la Realidad misma y no le aleja de ella, pues nosotros, los seres humanos, el Ego Trascendental, somos la única parte de la Realidad con capacidad de conocerse a sí misma y de poder modificar lo que está a nuestro alcance mediante la técnica y la ciencia. El Materialismo conforma sujetos que entienden que lo que les hace trascender son sus acciones en el presente, de manera que dejen eco en el futuro, pues el futuro no tiene cabida sin las buenas acciones del presente. Tenemos un papel primordial en la única vida que tenemos, y se ha de exprimir al máximo dentro de las capacidades que se tenga. La sociedad materialista será una sociedad de concepción vital, de presente, en la que los sujetos orientarán su vida a la mejora y la racionalización de la sociedad, a pulir su papel en ella, a luchar contra los idealismos, las metafísicas y todo área de pensamiento y carácter que produzca un desvío de la conciencia a parcelas que no inciden en la Realidad misma, sino en escenarios mentales que, al estar conformados por la conciencia histórica geográfica, aparta al sujeto de los eventos tangibles en el transcurrir del espacio-tiempo. El materialismo concienciará del fundamental papel que sociedades pasadas tuvieron para el impulso de nuestro presente. Enseñará la importancia del sacrificio de los hombres y mujeres del pasado, gracias a los cuales hoy estamos donde estamos y disponemos de las herramientas que poseemos, y en agradecimiento con ellos, las generaciones del futuro tendrán la capacidad de fundar un nuevo paradigma que nos sitúe siempre en una mayor racionalidad que en etapas históricas anteriores. Porque nosotros somos el resultado de la obra del pasado, y el futuro será el resultado de nuestras obras. Y esto, que puede sonar con tanta épica, similar a la de las novelas de caballerías o a las de los relatos de fantasía medieval, es un hecho existencial ─en el término no filosófico de la palabra─ que se da en el hacer y el construir del Ego Trascendental, de nosotros, de nuestra capacidad de domar la naturaleza como parte de ella que somos.
Concluimos este escrito afirmando que no hay nada que temer de esta concepción filosófica. Ni tampoco hay nada que percibir como «vacío». No hay un solo elemento que incida en que una sociedad materialista «quede coja en valores y principios». ¿Acaso no son transmisibles los altos y nobles valores en una sociedad materialista? ¿Acaso no se honra a las generaciones del pasado con la racionalidad del presente, apoyándonos en el trabajo de los que ya no están a través de nuestro carácter nacional y de nuestro carácter de clase obrera? ¿Acaso no se incide en una racionalización de la sociedad política de manera que nadie quede desamparado, capitulando la dialéctica de clases y dándole carpetazo al sistema de producción capitalista? ¿Acaso no se apunta a la eutaxia de las sociedades políticas del presente en marcha?
¿Qué es lo que hay que temer de esto? ¿Que la conciencia no viaje tras la muerte a otro escenario fuera del espacio-tiempo para permanecer eternamente en un lugar concreto donde se dan situaciones similares a las presentes en la Realidad? ¿Es que acaso, si en nuestra Realidad existe el amor, habrá amor también allá donde vayamos? ¿Y no tendrá lugar el odio, el desprecio y el hastío? ¿Los enfrentamientos de esta vida desaparecerán en la siguiente porque Dios ha impuesto un filtro al comportamiento natural de los hombres, de forma que solo nos llevemos lo grato y aquí se quede lo ingrato? ¿Cómo un hijo podría perdonar al asesino de su familia en la otra vida, en la que estaremos apegados a Dios como hijos suyos? ¿Qué artimañas causaría Dios en la naturaleza de los hombres como para poder producirnos el perdón al asesino de nuestra familia, si este se arrepiente desde la sinceridad y ha sido aceptado para atravesar las puertas del Cielo?
¿Qué hay que temer de la concepción materialista de la existencia? ¿Que no acabaremos en las frescas, verdes praderas y campiñas del Cielo bajo la mano de nuestro Padre que todo lo mantiene estático y en armonía, acabando así con la dialéctica que emana de la naturaleza política de sus hijos y que es inherente a ellos? ¿Es el ideal de la falta de estática lo que se teme tras la muerte en la concepción materialista? La muerte en sí es estática. ¿O es meramente el concebir que el vivir se termina y no prosigue en otro lugar, en otra dimensión? ¿Es acaso el temor al apagón de la conciencia tras la muerte física? Naturalmente el ser humano gustaría, posiblemente, de vivir eternamente. Pero esto es un sinsentido, pues todo lo que tiene un comienzo en el Cosmos, tiene un final. Si imaginásemos un escenario en el que el mero hecho de prolongar la existencia se diese, se pasan muchos fenómenos por alto. Los órganos, de no deteriorarse, colapsarían por la prolongación del tiempo y del cúmulo de experiencias. Se pasa por alto el desgaste del tiempo en todos ellos. Se pasa por alto que la conciencia humana, llegada a un punto hipotético de perpetua frescura, no aguantaría una enorme cantidad de acontecimientos que sobrepasen a una vida humana, ni la digestión de cada historia inherente al acto de vivir. La conciencia se halla adaptada a la duración natural de la vida humana, y extenderla estallaría en un colapso funcional que haría decaer al propio cuerpo como conjunto orgánico. El no deterioro del conjunto corporal es algo que no sabemos si algún día alcanzaremos ─el transhumanismo se ocupa de este campo─, pero de alcanzarlo, lo que sí que no podremos sortear es la distorsión y descoyuntura de la conciencia, el desorden de la lógica de la misma, inevitable con el paso del tiempo y con un supuesto cúmulo de experiencias y vivencias que desbordarían las capacidades de esta como atributo de la mente humana, con base cerebral. Morir es «descansar». Morir es el apagado del sistema tras el desgaste en el presente en perpetua marcha. El acto de morir es inherente al acto de existir. Y desaparecer es una parte sustancial del comportamiento del Cosmos que se renueva de forma constante en tanto que la vida, como fenómeno, utiliza los elementos cósmicos para desarrollarse, en tanto que sufridora de la entropía como segunda ley de la termodinámica. Morir es necesario en el Cosmos, entendido este último no sólo como orden, sino como todo lo que ha habido, hay y habrá en la Realidad.
El acto de vivir es cumplir con las normas cósmicas en tanto que somos parte de la Realidad, y la vida solo tiene sentido cuando nosotros se lo damos a través de nuestras acciones. A su vez, para que las acciones guarden sentido, han de estar dirigidas a un proceso de mejora, de eutaxia, de mejoramiento de la experiencia vital y de doma de los campos de la naturaleza a los que tenemos acceso. Nada más es vivir. Nada más es trascender de forma efectiva. Y no existe, de nuevo, un solo elemento que debiera aterrar a la conciencia en esta forma filosófica de entender el transcurso de la Realidad. Es nuestro papel. A ello nos dedicamos de manera efectiva. Esa es la misión que tenemos y que se desprende de nuestra naturaleza y de nuestra biología: el proseguimiento de nuestra especie y el mejoramiento racional de nuestras sociedades políticas, superando los problemas emergentes de acuerdo a la época que nos toque vivir.
Nuestra trascendencia no tiene dirección paradisíaca, no es metafísica: es real, es tangible, y está en nuestras acciones y en nuestras decisiones que hemos de acometer sabiamente hasta el día en que nos vayamos para siempre. Siendo todo ello lo que quedará reflejado en las mentes de los nuestros a futuro, y lo que quedará reflejado en nuestro ejemplo y en las tareas que hemos ejecutado.
No necesitamos paraísos de frescos valles ni de altas montañas donde todo se torna eterno y nada cambia; eso casi ya lo tenemos en nuestro planeta. Es preferible optar por permanecer en nuestras obras y hechos, y por ello, ser conocidos en las mentes de los que están por llegar. Nada más noble y real que una concepción materialista de la existencia.
HOMINES, NOLITE TIMERE.


