Ir al contenido principal
Historia

ESPEJO SIN REFLEJO.

La apropiación del modelo irlandés por el nacionalismo vasco y la falsa equivalencia IRA-ETA.

ESPEJO SIN REFLEJO.

1. Introducción

Pocas comparaciones resultan tan frecuentes en los círculos del nacionalismo vasco radical como la que pretende equiparar su causa con la del republicanismo irlandés. Arnaldo Otegi, líder de la izquierda abertzale, lo formuló sin ambages en 2016: "Estoy convencido de que nuestras dos naciones construirán repúblicas libres y unidas" . Antes, en declaraciones recogidas por diversos medios, había afirmado que "Irlanda fue un espejo para nosotros, y también lo fue el movimiento republicano" . La equiparación se ha repetido durante décadas en manifiestos conjuntos, visitas de delegaciones, discursos en congresos de partido y hasta en la denominación del proceso de diálogo que condujo a la tregua de ETA en 1998, conocido explícitamente como el "Foro Irlandés."

Este artículo sostiene que esa comparación es una falacia histórica de primer orden. No una simplificación, no una analogía imperfecta: una falsedad que no resiste el análisis comparado más elemental.

Para demostrarlo, se recurre al marco analítico desarrollado por el filósofo Gustavo Bueno en España frente a Europa (1999) y España no es un mito (2005). Bueno propone una tipología de naciones que distingue entre la nación en sentido político —constituida históricamente a través de un Estado— y la nación en sentido étnico, definida por rasgos culturales o lingüísticos previos a cualquier organización estatal. Sobre esa base, diferencia entre lo que podemos llamar naciones canónicas, surgidas de procesos revolucionarios reales dentro o contra estructuras estatales preexistentes (Francia, Estados Unidos, las repúblicas hispanoamericanas), y nacionalismos fraccionarios, cuyo proyecto consiste en desgajar una parte de una nación política ya constituida apelando a diferencias étnicas elevadas al rango de justificación política . Bueno aplica además la distinción entre imperios generadores —que incorporan a los pueblos sometidos en una estructura política compartida— e imperios depredadores —que los explotan sin integrarlos—, una categoría que resulta directamente pertinente para distinguir la relación de España con las provincias vascas de la de Gran Bretaña con Irlanda. Este artículo no pretende aplicar mecánicamente la terminología del materialismo filosófico, sino utilizar sus distinciones como herramientas de análisis allí donde resulten operativas.

Irlanda encaja con precisión en el primer tipo. Existe un itinerario documentable que va de la conquista normanda a las leyes penales, de la Gran Hambruna a la insurrección de 1916, de la guerra de independencia al Estado libre y finalmente a la república. Hay una secuencia histórica de dominación colonial, resistencia política y ruptura revolucionaria que culmina en la creación de un Estado reconocido internacionalmente.

El País Vasco, por el contrario, no ofrece nada semejante. Sus provincias fueron parte constitutiva de la Corona de Castilla desde la Edad Media, participaron activamente en la empresa imperial española, gozaron de privilegios forales que las distinguían favorablemente respecto al resto de los territorios peninsulares, y nunca constituyeron una unidad política propia. El propio nombre "Euskadi" es un neologismo acuñado por Sabino Arana a finales del siglo XIX . No hay conquista, no hay colonización, no hay sujeto político desposeído de una soberanía anterior.


Una precisión es necesaria. Este artículo defiende la legitimidad histórica de la causa irlandesa, y en particular de quienes lucharon en la Guerra de Independencia de 1919-1921 bajo el mandato democrático del Dáil Éireann. Esa defensa no se extiende a los actos de terrorismo cometidos posteriormente por las distintas escisiones del IRA —Omagh, Bloody Friday, Enniskillen y tantos otros atentados contra población civil son crímenes que ninguna causa histórica puede blanquear—. En el caso vasco, ni la causa ni los métodos resisten el escrutinio.

2. Irlanda: construcción legítima de una nación política

2.1. Conquista y sometimiento colonial

La historia de Irlanda bajo dominio británico es, ante todo, la historia de una conquista militar progresiva y de la imposición de un régimen colonial que separaba estructuralmente a conquistadores y conquistados. Las Plantaciones del Ulster en el siglo XVII, que instalaron entre quince y veinte mil colonos ingleses y escoceses en tierras confiscadas a la población nativa, establecieron un modelo de colonización por asentamiento que no tiene paralelo alguno en la relación entre las provincias vascas y Castilla .

Las Leyes Penales, vigentes en diversas formas desde finales del siglo XVII hasta principios del XIX, constituyen uno de los aparatos legislativos más minuciosamente diseñados para la destrucción de una cultura y una sociedad que se conocen en la historia europea. Bajo este régimen, la población católica tenía prohibido poseer tierras por encima de un valor mínimo, acceder a la educación, ejercer profesiones liberales, portar armas, votar, y practicar su religión de forma abierta. Los efectos fueron mensurables: la propiedad católica de la tierra cayó del 59% en 1641 al 14% en 1703, y apenas un 5% hacia 1778 . Edmund Burke, que no era precisamente un radical, las describió en su Carta a Sir Hercules Langrishe (1792) como:

"un sistema completo, lleno de coherencia y consistencia [...], una máquina de ingeniería sabia y elaborada, tan bien diseñada para la opresión, el empobrecimiento y la degradación de un pueblo, y para la deshumanización de los propios opresores, como jamás procedió de la ingeniería pervertida del hombre".

No se trata de agravios retóricos. Se trata de un régimen jurídico documentado cuyo objetivo expreso era impedir que la población nativa pudiera constituirse como sujeto político. Maureen Wall, pionera en el estudio académico de estas leyes, demostró que no eran letra muerta sino un aparato funcional de exclusión social sistemática .
Las consecuencias prácticas de ese sistema fueron la destrucción metódica de las condiciones que hacen posible una sociedad autónoma. La aristocracia católica gaélica, que antes de la conquista cromwelliana constituía la clase dirigente del país, fue materialmente liquidada en dos generaciones: privada del derecho a poseer tierras por encima de un valor irrisorio, impedida de heredar propiedades intactas —la ley obligaba a dividir la herencia entre todos los hijos varones, salvo que el primogénito se convirtiera al protestantismo—, y excluida de toda profesión que otorgara influencia social, simplemente dejó de existir como clase. Los pocos que conservaron algo lo hicieron convirtiéndose al protestantismo. La consecuencia fue que Irlanda se quedó sin élite propia: sin abogados católicos, sin médicos católicos, sin comerciantes católicos con capital suficiente para competir. La formación de una clase media irlandesa fue bloqueada estructuralmente durante más de un siglo. La educación católica fue prohibida, y las hedge schools —escuelas clandestinas al aire libre, en setos y cunetas, donde maestros itinerantes enseñaban latín, matemáticas e historia irlandesa a niños que arriesgaban castigos si eran descubiertos— se convirtieron en el único vehículo de transmisión cultural durante generaciones . No eran una curiosidad folclórica: eran la respuesta de una sociedad a la que se le había negado el derecho a educarse.

Este es el punto decisivo para el análisis comparado: las Leyes Penales no eran discriminación dentro de un sistema que reconocía la pertenencia del discriminado. Eran un aparato de exclusión diseñado para impedir que el discriminado pudiera siquiera aspirar a pertenecer. Cuando el nacionalismo vasco invoca la abolición de los fueros como su "momento colonial," está comparando la pérdida de privilegios fiscales con un régimen que destruyó la aristocracia, prohibió la educación y redujo a la mayoría de la población a la condición de arrendatarios en su propia tierra.

2.2. La Gran Hambruna como fractura colonial

"Niño y niña hambrientos escarbando la tierra en busca de una patata". Grabado de James Mahony para The Illustrated London News, Skibbereen (condado de Cork), 20 de febrero de 1847. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
"Niño y niña hambrientos escarbando la tierra en busca de una patata". Grabado de James Mahony para The Illustrated London News, Skibbereen (condado de Cork), 20 de febrero de 1847. Dominio público, vía Wikimedia Commons.


La Gran Hambruna de 1845-1852 es el episodio que convierte la dominación británica en Irlanda en algo cualitativamente distinto a cualquier relación entre centro y periferia dentro de un Estado integrado. Según los datos del censo de 1841, Irlanda contaba con 8,2 millones de habitantes; el censo de 1851 registró apenas 6,5 millones. Aproximadamente un millón murió de inanición y enfermedades asociadas, y otro millón emigró en los peores años de la catástrofe . La isla no se ha recuperado demográficamente jamás: sigue siendo el único país europeo con menos habitantes que en 1840.

Lo que convierte la Hambruna en un evento colonial, y no en una mera catástrofe natural, es un hecho rigurosamente documentado por Christine Kinealy: mientras la población moría de hambre, Irlanda seguía exportando alimentos a Gran Bretaña. Solo en 1847, cerca de 4.000 embarcaciones transportaron alimentos desde puertos irlandeses hacia puertos británicos; las exportaciones de terneros aumentaron un 33% ese año, y se enviaron más de 56.000 barriles de mantequilla solo a Bristol en los primeros nueve meses . La plaga de la patata destruyó el alimento básico de los pobres, pero la producción agrícola destinada a la exportación —carne, mantequilla, grano— continuó saliendo del país bajo protección militar. Las políticas de laissez-faire del gobierno de Lord Russell, que consideraba la hambruna un correctivo providencial para la "indolencia" irlandesa, no fueron negligencia: fueron decisión política .

La Hambruna no fue solo una catástrofe demográfica: fue el punto de inflexión político que transformó la relación entre Irlanda y Gran Bretaña de forma irreversible. Antes de 1845, el movimiento nacional irlandés era predominantemente reformista. O'Connell había conseguido la Emancipación Católica en 1829 y su campaña por la revocación del Acta de Unión operaba dentro del marco legal británico: peticiones, manifestaciones masivas, presión parlamentaria. Después de la Hambruna, esa vía quedó desacreditada para una parte creciente de la población. Si el sistema británico era capaz de dejar morir a un millón de personas mientras exportaba sus alimentos, entonces el sistema mismo era el problema, y no podía reformarse desde dentro. La Hermandad Republicana Irlandesa (IRB), fundada en 1858, y el movimiento feniano que la acompañó, representaban exactamente ese giro: de la negociación al rechazo frontal, del reformismo a la revolución. La Hambruna no causó ese giro de forma inmediata —el proceso fue lento y complejo— pero lo hizo inevitable. Como señaló Foster (1988 — en su análisis del viraje ideológico irlandés posterior a la Hambruna), después de 1847 ningún argumento a favor de la permanencia en la Unión podía formularse sin enfrentarse al hecho de que esa Unión había sido compatible con la muerte masiva por inanición.

2.3. De la resistencia política a la ruptura revolucionaria

Ruinas de la Oficina General de Correos (GPO) en Sackville Street, Dublín, tras el Alzamiento de Pascua de 1916. Desde este edificio Patrick Pearse leyó la Proclamación de la República. Dominio público, vía Wikimedia Commons.
Ruinas de la Oficina General de Correos (GPO) en Sackville Street, Dublín, tras el Alzamiento de Pascua de 1916. Desde este edificio Patrick Pearse leyó la Proclamación de la República. Dominio público, vía Wikimedia Commons.

La construcción de Irlanda como nación política siguió un itinerario que va de Daniel O'Connell a Michael Collins, pasando por Parnell, el Renacimiento Gaélico y el Alzamiento de Pascua de 1916. Cada etapa representa una escalada en la articulación política del reclamo nacional: O'Connell movilizó a las masas católicas por la vía parlamentaria; Parnell convirtió la cuestión irlandesa en el eje de la política británica durante décadas; los intelectuales del Revival —Yeats, Hyde, Pearse— dotaron al movimiento de un horizonte cultural que trascendía la mera reivindicación agraria; y el Alzamiento de Pascua de 1916, aunque militarmente un fracaso, provocó una ruptura simbólica que transformó el panorama político de forma irreversible . La Proclamación de la República, leída por Pearse ante la Oficina General de Correos, invocaba explícitamente "el derecho del pueblo de Irlanda a la propiedad de Irlanda" y "el control sin trabas de los destinos irlandeses" — un lenguaje de descolonización avant la lettre.

Lo más revelador del Alzamiento no es el evento en sí, sino la velocidad con la que la opinión pública se transformó después de él. En la semana de combates, la población dublinesa fue mayoritariamente hostil a los insurgentes: los relatos de la época registran abucheos a los prisioneros que eran conducidos por las calles tras la rendición. Pero la decisión del general Maxwell de ejecutar a quince de los líderes del alzamiento en el patio de la prisión de Kilmainham durante nueve días consecutivos —incluyendo a James Connolly, que fue fusilado atado a una silla porque sus heridas no le permitían mantenerse en pie— convirtió una insurrección minoritaria en un mito fundacional. En menos de dos años, el partido que encarnaba la causa de los ejecutados, Sinn Féin, pasó de ser una organización marginal a arrasar en las elecciones generales de 1918. Esa transformación no tiene explicación si se la desvincula de un sustrato de agravio que ya existía en la sociedad irlandesa y que las ejecuciones catalizaron de forma explosiva. Las elecciones generales de 1918 fueron el momento decisivo. El Sinn Féin de la época obtuvo 73 de los 105 escaños irlandeses en Westminster —el 46,9% del voto en las circunscripciones disputadas, y fue además candidatura única sin oposición en 25 de ellas— con un programa abiertamente independentista . Los diputados electos se negaron a sentarse en el parlamento británico y constituyeron el Dáil Éireann, declarando la independencia de la República de Irlanda el 21 de enero de 1919. La Guerra de Independencia que siguió (1919-1921) fue librada por un ejército —el IRA original— que actuaba bajo la autoridad de ese parlamento elegido democráticamente. Pero lo que distingue este proceso de una mera insurgencia armada es que el Dáil Éireann no se limitó a declarar la independencia y luchar por ella: construyó las instituciones de un Estado paralelo que funcionó efectivamente durante los años del conflicto. Los tribunales del Dáil —conocidos como Dáil Courts— sustituyeron al sistema judicial británico en amplias zonas del país, tramitando disputas de propiedad, delitos menores y conflictos laborales con una eficacia que sorprendió incluso a sus detractores. La policía republicana patrullaba las áreas rurales. Se recaudaban impuestos. Se emitieron préstamos internos de la República que fueron suscritos masivamente por la población. Como ha documentado Hopkinson , buena parte del éxito irlandés en esos dos años dependió no solo de la campaña militar del IRA sino de la percepción de que existía un Estado alternativo funcional con mandato popular legítimo. El Tratado Anglo-Irlandés de 1921 y la partición crearon el Estado Libre de Irlanda, que a lo largo de las décadas siguientes completó su trayecto hacia la república. Lo relevante para nuestro análisis es que este proceso satisface todos los criterios que permiten hablar de una nación política en sentido pleno: existe un sujeto histórico identificable, un agravio colonial documentado, una movilización democrática verificable, una ruptura revolucionaria y la constitución efectiva de un Estado.

3. El País Vasco: un nacionalismo sin precedente histórico

3.1. La integración en Castilla: ni conquista ni colonización

El contraste con Irlanda resulta estridente desde el primer dato histórico verificable. Las provincias vascas se incorporaron a la Corona de Castilla por vías diversas —Álava mediante pacto en 1332, Guipúzcoa por un proceso gradual durante el siglo XIII, Vizcaya a través de lazos señoriales que culminaron con la unión dinástica— pero ninguna de ellas fue sometida a un régimen colonial . No hubo plantaciones de colonos castellanos en suelo vasco. No hubo leyes penales que prohibieran la lengua, la religión o la propiedad de la tierra. No hubo expropiación sistemática ni exportación forzada de recursos mientras la población pasaba hambre.

Hay un dato adicional que el relato nacionalista necesita ocultar: las tres provincias vascas nunca constituyeron una unidad política. Vizcaya, Guipúzcoa y Álava eran entidades separadas con instituciones propias —las Juntas Generales de cada territorio— que no respondían ante ningún órgano de gobierno común. No existía un parlamento vasco, ni una administración compartida, ni siquiera una conciencia generalizada de pertenencia a una entidad supraprovincial. El propio concepto de "País Vasco" como unidad es una construcción moderna: Navarra tenía su propia historia como reino independiente y su incorporación al proyecto nacionalista ha sido siempre forzada y contestada internamente. Lo que Sabino Arana llamaría "Euskadi" a finales del siglo XIX era, en términos institucionales, tres provincias sin más vínculo entre sí que el lingüístico —y ni siquiera eso era uniforme, dado que las variantes dialectales del euskera eran mutuamente ininteligibles en muchos casos y amplias zonas de Álava y Navarra eran castellanohablantes desde hacía siglos—.

Lo que sí hubo, y esto es crucial, fueron fueros: un régimen de privilegios jurídicos y fiscales que distinguía a las provincias vascas favorablemente respecto al resto de los territorios de la Corona. Los vascos estaban exentos de ciertos impuestos, tenían sus propias juntas de gobierno y gozaban de una hidalguía universal que les otorgaba un estatus jurídico superior al del común de los castellanos. Como ha demostrado Rubio Pobes , los fueros no eran evidencia de soberanía externa sino privilegios del Antiguo Régimen que colisionaron con el constitucionalismo liberal del siglo XIX. Su abolición en 1876, tras la derrota carlista, fue el resultado de una guerra dinástica española —no de una guerra de independencia vasca— en la que los carlistas vascos luchaban por un pretendiente al trono de España, no por la secesión . Convertir retroactivamente el carlismo en proto-independentismo es una de las falsificaciones históricas más recurrentes del nacionalismo vasco.

3.2. Vascos en el Imperio: protagonistas, no víctimas

Lejos de ser víctimas de una dominación imperial, los vascos fueron agentes activos y privilegiados de la empresa imperial española. La lista de marinos, comerciantes, militares y administradores vascos en la historia del Imperio es desproporcionadamente larga para el tamaño de la población. Juan Sebastián Elcano completó la primera circunnavegación del globo. La Real Compañía Guipuzcoana de Caracas monopolizó durante décadas el comercio con Venezuela. Los astilleros vascos construyeron buena parte de la Armada española. La industria siderúrgica vizcaína abasteció de hierro a medio continente durante la industrialización .

Esto no es una digresión patriótica: es un dato estructuralmente relevante. La élite vasca no participó marginalmente en el Estado español: estaba imbricada en sus estructuras de poder. Los vascos ocuparon puestos clave en la administración colonial americana, en la jerarquía eclesiástica, en los mandos militares y en las redes comerciales que sostenían el Imperio. La Real Sociedad Bascongada de Amigos del País, fundada en 1764, fue la primera sociedad económica de la Ilustración española: no era una institución de resistencia contra el Estado, sino un instrumento de modernización desde dentro de él. Los comerciantes vizcaínos de Bilbao financiaban las guerras de la Corona; los jesuitas vascos evangelizaban las colonias; los ingenieros navales guipuzcoanos diseñaban los barcos que las conectaban con la metrópoli. Un pueblo que hace todo eso no es un pueblo colonizado. Es un pueblo que forma parte del núcleo constitutivo del Estado, que se beneficia de su estructura y que contribuye activamente a mantenerla. En los términos de Bueno, la relación entre España y las provincias vascas es la de un imperio generador que integra a sus componentes en una estructura política compartida — lo opuesto al imperio depredador que Gran Bretaña mantuvo sobre Irlanda.

3.3. Sabino Arana y la invención de una nación

Sabino Arana Goiri (1865-1903), fundador del nacionalismo vasco y creador del neologismo "Euzkadi". Dominio público, vía Wikimedia Commons.
Sabino Arana Goiri (1865-1903), fundador del nacionalismo vasco y creador del neologismo "Euzkadi". Dominio público, vía Wikimedia Commons.

El nacionalismo vasco nace a finales del siglo XIX de la cabeza de un solo hombre: Sabino Arana Goiri. Y nace, conviene decirlo sin rodeos, como un proyecto racista. Arana no luchaba contra una opresión colonial; reaccionaba contra la llegada de trabajadores inmigrantes —los "maketos"— a una Vizcaya en plena industrialización. Su ideología no era anticolonial sino xenófoba: la pureza de la raza vasca frente a la contaminación de los españoles. Antonio Elorza, catedrático de Ciencia Política de la Universidad Complutense, ha documentado cómo las premisas básicas de Arana —la idea de una raza vasca única desde el origen de los tiempos, la necesidad de expulsar a la "raza degenerada" de los españoles— presentan paralelos inquietantes con la propaganda totalitaria del siglo XX .

Las contradicciones biográficas de Arana son tan reveladoras como su ideología. Procedía de una familia carlista, una tradición que luchaba por la sucesión al trono de España, no por la independencia vasca. No hablaba euskera con fluidez: lo aprendió de adulto, como una lengua extranjera, en un esfuerzo consciente de reinvención personal. No conocía la historia que pretendía reivindicar: como demostró Jon Juaristi , los episodios que Arana presentaba como guerras de independencia vasca eran en realidad escaramuzas señoriales cuyos protagonistas no tenían la menor conciencia de estar luchando por una nación. Y hacia el final de su vida, en 1902, Arana dio un giro que sus seguidores se apresuraron a sepultar: escribió una carta al gobernador civil de Vizcaya proponiendo abandonar el independentismo y trabajar dentro del Estado español por la autonomía regional. Este episodio, documentado por De la Granja Sainz , fue convenientemente olvidado por el movimiento que Arana había fundado, que necesitaba un profeta sin fisuras y no un ideólogo vacilante que había terminado por dudar de su propia causa. En sus propios escritos, Arana fue explícito:

"Vuestra raza, singular por sus bellas cualidades, pero más singular aún por no tener ningún punto de contacto o fraternidad ni con la raza española, ni con la francesa [...] era la que constituía a vuestra Patria Bizkaya; y vosotros, sin pizca de dignidad y sin respeto a vuestros padres, habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa" .

La sangre, no la lengua ni la cultura, era el criterio primario de pertenencia nacional. Y el nombre con el que bautizó a su nación imaginada —"Euzkadi," luego normalizado como "Euskadi"— procedía de una etimología solar de su propia cosecha, hoy completamente desacreditada por la lingüística académica .
Arana necesitó inventar una historia de independencia perdida que nunca existió. Su obra Bizkaya por su independencia (1892), publicada el día de San Andrés con cuatro relatos pseudohistóricos sobre batallas medievales, transforma escaramuzas entre señoríos locales en guerras de liberación nacional. La evaluación académica de esta obra ha sido demoledora. Jon Juaristi, en El bucle melancólico —ganador del Premio Nacional de Ensayo—, demostró que detrás de las reivindicaciones abertzales no hay agravios reales que reparar, sino la necesidad, característica de los estados melancólicos, de anticipar una pérdida para tener siempre algo que "ganar" .

Es la diferencia entre construir una nación a partir de condiciones materiales reales y fabricar una a partir de la nada. Todas las naciones implican algún grado de construcción —Hobsbawm y Gellner tenían razón en eso— pero no todas las construcciones son equivalentes. Hay una diferencia verificable entre un proceso que emerge de una ruptura histórica real y un programa que necesita falsificar el pasado porque no dispone de uno que le sirva.

Cabe anticipar una objeción: que el nacionalismo vasco no se reduce a Arana, y que la reformulación operada en los años sesenta por Federico Krutwig en Vasconia (1963) —que replanteó la cuestión vasca en clave anticolonial, inspirándose en Fanon y los movimientos de liberación del Tercer Mundo— superó el racismo aranista y dotó al movimiento de un marco teórico más sofisticado. La objeción es legítima en lo descriptivo: efectivamente, la izquierda abertzale de la que surgió ETA bebía más de Krutwig que de Arana. Pero vestir el nacionalismo vasco de anticolonialismo tercermundista no le crea un pasado colonial que no tiene. Krutwig podía invocar a Fanon, pero el País Vasco no era Argelia: no había metrópoli explotadora, no había población nativa desposeída, no había estructura de dominación racial o jurídica equivalente. La sofisticación teórica del envoltorio no altera la ausencia de las condiciones materiales que lo justificarían.

4. La cooperación operativa IRA-ETA: fraternidad transaccional

4.1. Los primeros contactos y el patrón armas-por-entrenamiento

Los vínculos operativos entre el IRA y ETA están documentados desde principios de la década de 1970. Maria McGuire, exmiembro del IRA Provisional, relató en su libro To Take Arms (1973) que el IRA recibió aproximadamente cincuenta revólveres de ETA a cambio de proporcionar entrenamiento en técnicas de explosivos. Este intercambio temprano estableció un patrón que se repetiría durante décadas: ETA aportaba material y el IRA aportaba conocimiento técnico .

En marzo de 1974, un portavoz de ETA confirmó a la revista alemana Der Spiegel que mantenían "muy buenas relaciones" con el IRA, estableciendo públicamente la existencia de una cooperación que hasta entonces se desarrollaba en la clandestinidad. La relación se fue formalizando a lo largo de la década, con visitas regulares de dirigentes de ambos movimientos a los territorios del otro.

4.2. Redes internacionales y campos de entrenamiento

La cooperación IRA-ETA no operaba en el vacío. Ambas organizaciones formaban parte de una red más amplia de grupos armados que compartían infraestructura de entrenamiento y logística, como han documentado Alonso y Domínguez Iribarren en su estudio sobre las conexiones internacionales del terrorismo etnonacionalista europeo. Los campos de entrenamiento libios, financiados por Gadafi, acogieron a militantes irlandeses, vascos, alemanes, italianos, corsos y bretones a lo largo de los años setenta y ochenta. Entre 1985 y 1987, Libia envió al IRA cuatro cargamentos de armas que totalizaban unas 150 toneladas de material —incluidos lanzagranadas RPG-7, misiles tierra-aire y grandes cantidades de Semtex—, hasta que un quinto embarque fue interceptado a bordo del Eksund por la marina francesa en octubre de 1987 .

La Operación Sokoa, ejecutada conjuntamente por fuerzas francesas y españolas el 5 de noviembre de 1986 en Hendaya, reveló la extensión de las redes compartidas. Ciento cincuenta agentes del CRS francés asaltaron la empresa Sokoa y la redada resultó en once arrestos —siete miembros de ETA y cuatro ciudadanos franceses— y la incautación de un arsenal que incluía dos misiles SAM-7, lanzacohetes, lanzagranadas, más de veinte pistolas, explosivos Semtex, 1,5 millones de libras en diversas monedas, uniformes de la Ertzaintza y documentación falsa. Entre los arrestados estaba José Luis Arrieta Zubimendi, jefe financiero de ETA, cuya documentación proporcionó a los servicios de inteligencia el primer acceso a la contabilidad completa de la organización .

4.3. La estafa de los misiles: el verdadero rostro de la "fraternidad"

El episodio que mejor ilustra la naturaleza real de la relación IRA-ETA es el de los misiles Strela-2. En 1999, la dirigente clandestina del IRA Eibhlin Glenholmes —que operaba bajo el alias "Champagne"— y el veterano James Monaghan se reunieron en el hotel Printannia de París con José Javier Arizkuren Ruiz y Mikel Zubimendi, representantes de ETA. El resultado fue la venta de misiles tierra-aire Strela-2, de origen libio, por medio millón de euros.

Entre abril y mayo de 2001, ETA intentó utilizar esos misiles en tres ocasiones para derribar el Dassault Falcon 900 en el que viajaba el presidente del Gobierno, José María Aznar, cerca de los aeropuertos de Fuenterrabía y Foronda. Los misiles no llegaron a dispararse en ninguna de las tres ocasiones: eran defectuosos. En el domicilio de uno de los sospechosos, la policía encontró una carta dirigida al IRA quejándose de los misiles defectuosos que les habían vendido .

Lo que este episodio revela no debería generalizarse a la totalidad de una cooperación que incluyó también delegaciones políticas, solidaridad en prisiones y formación conjunta. Pero sí ilumina una dimensión que la retórica de fraternidad prefiere no mencionar: cuando hubo dinero de por medio, el IRA vendió a sus supuestos hermanos de causa armas inservibles por medio millón de euros. No las cedió solidariamente: las vendió. Y no vendió material funcional: vendió chatarra. La respuesta del IRA, firmada por "Champagne," no fue una disculpa entre camaradas sino la gestión de una relación comercial fallida. Que esto pudiera ocurrir entre organizaciones que se declaraban mutuamente "compañeros de lucha" dice más sobre la naturaleza real de la relación que cualquier manifiesto conjunto.

4.4. Cooperación operativa sin convergencia de causas

Aquí es necesario abordar una objeción previsible: si la cooperación duró más de tres décadas, ¿no demuestra eso una convergencia real de causas? La respuesta es no, y por una razón que los propios datos revelan. El IRA cooperó simultáneamente con la OLP, con las FARC colombianas, con Gadafi, con el KGB soviético. La Operación SPLASH de 1972, documentada en el Archivo Mitrokhin y autorizada por el jefe del KGB Yuri Andropov, entregó al IRA Oficial ametralladoras, setenta rifles automáticos, diez pistolas Walther y 41.600 cartuchos a través del buque espía soviético Reduktor . ¿Significa eso que la causa irlandesa era convergente con la causa soviética? ¿O con la de Gadafi? ¿O con la de las FARC?

La cooperación militar entre grupos armados es, por su propia naturaleza, transaccional. Se coopera con quien tiene algo que ofrecer, no con quien comparte una legitimidad histórica equivalente. El IRA cooperaba con ETA por las mismas razones por las que cooperaba con cualquier otra organización que pudiera proporcionarle armas, entrenamiento, refugio o financiación. Que esa cooperación existiera dice algo sobre la lógica operativa de la lucha armada clandestina; no dice absolutamente nada sobre la equivalencia de las causas.

4.5. La geografía de la clandestinidad: arraigo popular frente a exilio permanente

Existe un indicador que los defensores de la equivalencia IRA-ETA prefieren no abordar, y que sin embargo resulta más elocuente que cualquier declaración conjunta o manifiesto de solidaridad: la relación de cada organización con su propio territorio y su propia población. La geografía de la clandestinidad no miente, porque no se puede fabricar con retórica: o una comunidad te sostiene o no lo hace, y las consecuencias operativas de esa diferencia son verificables.

El IRA Provisional operaba dentro de su territorio. No al margen de la población, sino incrustado en ella. En áreas como South Armagh —que el ejército británico denominó "bandit country"— o West Belfast, la organización disponía de una infraestructura social que hacía posible la insurgencia sostenida: casas seguras proporcionadas por familias locales, redes de inteligencia comunitaria que alertaban de los movimientos del ejército y la policía, rutas de suministro mantenidas por vecinos que conocían cada palmo del terreno, y un flujo constante de reclutas que procedían de las mismas calles donde operaban. South Armagh era particularmente revelador: la estructura del IRA en la zona mantuvo su formato de "batallón" —más amplio que las células reducidas que operaban en las ciudades— precisamente porque las conexiones familiares y comunitarias de la zona rural eran tan densas que el riesgo de infiltración se reducía drásticamente . Los servicios de inteligencia británicos reconocieron durante décadas su incapacidad para penetrar esas redes, no porque el IRA dispusiera de una contrainteligencia sofisticada, sino porque la población local constituía un muro impermeable entre la organización y las fuerzas de seguridad.

Ese arraigo no era universal —las encuestas de la época sugieren que en torno al 40% de los católicos norirlandeses simpatizaba con el IRA mientras una mayoría se oponía a sus métodos, y los atentados contra civiles fueron crímenes que ningún nivel de respaldo popular puede atenuar—, pero era suficientemente profundo como para que la organización librara una campaña de tres décadas sin refugiarse en territorio extranjero. Y eso demuestra algo que no puede ignorarse en un análisis comparado: el conflicto norirlandés hundía sus raíces en un agravio real y masivamente percibido por una comunidad que se sentía —y estaba— discriminada estructuralmente dentro de un Estado que no la representaba. Los datos electorales lo corroboran: Sinn Féin, el brazo político del movimiento republicano, pasó de obtener un 10% del voto en las elecciones a la Asamblea de Irlanda del Norte en 1982 a un 29% en 2022, convirtiéndose en el partido más votado de la provincia. Esa trayectoria ascendente refleja un fenómeno político de largo alcance, no el capricho de una minoría violenta.

El contraste con ETA es devastador. La organización vasca fue incapaz de sostenerse operativamente dentro de su propio territorio. Desde sus primeros años de actividad armada, la cúpula dirigente, los comandos operativos y la logística de ETA se instalaron al otro lado de la frontera, en Iparralde —el País Vasco francés—, donde operaron durante décadas con relativa impunidad. Francia no era un territorio de repliegue temporal, como lo habría sido para cualquier guerrilla que se retirara puntualmente tras una operación: era la base permanente, el centro de planificación, el lugar donde se escondían los dirigentes, se reorganizaban los comandos, se almacenaban las armas y se gestionaba la extorsión económica que financiaba la organización. El gobierno francés trató durante años a los etarras como "refugiados políticos" que huían de un país donde su libertad no estaba garantizada — una ficción que se mantuvo incluso después de la muerte de Franco, la llegada de la democracia y la aprobación del Estatuto de Autonomía vasco. Solo a partir de 1984, cuando el ministro del Interior José Barrionuevo firmó un pacto de cooperación antiterrorista con su homólogo francés Gaston Defferre, empezó a cerrarse lentamente ese santuario. La cooperación franco-española se consolidó en los años noventa con la creación de equipos conjuntos de investigación y operaciones como la de Bidart en 1992, que desarticuló la cúpula de ETA en territorio francés.

Cabría argumentar que ETA se refugió en Francia por la eficacia de la represión policial, no por falta de apoyo. Pero el dato cronológico desmiente esa lectura: ETA operó desde Iparralde desde sus primeros años de existencia, cuando el aparato policial franquista en el País Vasco distaba mucho de ser eficaz y la organización era aún demasiado pequeña para justificar una persecución sofisticada. La instalación en Francia fue anterior a la presión policial seria, no consecuencia de ella. La pregunta que este contraste plantea sigue siendo incómoda: ¿por qué una organización que decía luchar por la liberación del pueblo vasco necesitaba esconderse fuera de ese pueblo? La respuesta es tan simple como demoledora: porque el pueblo vasco, en su inmensa mayoría, no la respaldaba. Los datos electorales son inequívocos. Herri Batasuna, el brazo político de ETA, alcanzó su techo electoral en 1990 con un 18,33% del voto en las elecciones al Parlamento Vasco, y desde entonces su apoyo fue descendiendo hasta el 10,12% en 2001, el año en que fue ilegalizada . Ni siquiera en su mejor momento logró representar a uno de cada cinco votantes vascos. Es cierto que su sucesora, EH Bildu, obtiene hoy en torno al 27% del voto autonómico, pero ese crecimiento se produjo precisamente después del abandono de la violencia y de la ruptura formal con ETA — lo que demuestra, si acaso, que el apoyo electoral estaba condicionado al rechazo de la lucha armada, no a su defensa. La comparación con el 29% de Sinn Féin en Irlanda del Norte resulta elocuente, pero más elocuente aún es el significado estructural de la diferencia: mientras Sinn Féin podía crecer electoralmente porque operaba dentro de una comunidad que se identificaba con su causa, Herri Batasuna estaba condenada a la marginalidad porque el agravio que invocaba no era percibido como tal por la mayoría de la sociedad a la que decía representar.

En el caso de Irlanda, la clandestinidad era interna porque el conflicto era interno. En el caso vasco, la clandestinidad era externa porque el conflicto, tal como ETA lo definía, no existía en los términos que ella pretendía.

5. Las declaraciones cruzadas: anatomía de una falsa equivalencia

5.1. La relación asimétrica: siempre el vasco buscando al irlandés

Antes de analizar las declaraciones específicas, hay que señalar el patrón que las atraviesa todas: la asimetría. En esta relación, siempre era el movimiento vasco el que buscaba al irlandés, nunca al revés. Askapena, el brazo de relaciones internacionales de la izquierda abertzale, organizaba delegaciones anuales a Belfast con itinerarios diseñados por Sinn Féin . Herri Batasuna enviaba representantes al Ard Fheis (congreso anual) de Sinn Féin desde 1983. Otegi viajó a Belfast en 2007 para reunirse con Gerry Adams en la sede de Falls Road. El proceso de negociación vasco se denominó "Foro Irlandés" y la Declaración de Lizarra se modeló explícitamente sobre el diálogo Hume-Adams.

No existe nada equivalente en sentido inverso. Sinn Féin no envió delegaciones al País Vasco para aprender de ETA. No hubo un "Foro Vasco" en Belfast. No hubo dirigentes irlandeses que dijeran "el País Vasco fue un espejo para nosotros." La relación no era entre iguales que se reconocían mutuamente; era entre una causa con fundamento histórico documentable y otra que intentaba tomar prestada esa legitimidad. Rogelio Alonso, en un artículo premiado por la Asociación Española de Ciencia Política, demostró que los nacionalistas vascos no solo importaron el modelo irlandés sino que lo tergiversaron selectivamente: mientras el proceso de Belfast se basaba en la "constitucionalización del nacionalismo radical," la Declaración de Lizarra produjo exactamente lo contrario — la "radicalización del nacionalismo constitucional" .

5.2. La Declaración de los Felons (1994)

En octubre de 1994, representantes de Herri Batasuna y Sinn Féin firmaron una declaración conjunta en el club social republicano de los Felons, en Belfast. El documento, conocido como la "Declaración de los Felons," marcó un punto de inflexión: la cooperación dejaba de ser exclusivamente operativa para adquirir una dimensión ideológico-discursiva. Si las declaraciones conjuntas de los años setenta estaban impregnadas de retórica revolucionaria genérica, la de los Felons adoptaba el lenguaje del momento —autodeterminación, resolución de conflictos, diálogo— para presentar ambas causas como manifestaciones locales de un mismo principio universal .

El contexto temporal es significativo. La declaración se firmó dos meses después del alto el fuego del IRA de agosto de 1994, en un momento en que el movimiento republicano irlandés estaba transitando de la lucha armada a la negociación política. Para ETA, que seguiría matando durante diecisiete años más, la asociación con un proceso de paz incipiente y con prestigio internacional era un activo estratégico de primer orden. La Declaración de los Felons marcó el momento en que la relación IRA-ETA dejó de ser fundamentalmente operativa —intercambio de armas, técnicas, contactos— para convertirse en un instrumento de legitimación ideológica. A partir de 1994, lo que ETA necesitaba del movimiento irlandés no eran explosivos ni entrenamiento: era el relato.

El problema es que el principio universal invocado en la declaración —el derecho de autodeterminación— no opera en el vacío. Su aplicación legítima requiere que exista un pueblo con un reclamo histórico verificable de soberanía vulnerada. Irlanda lo tenía; el País Vasco, como hemos argumentado, no. Invocar el mismo principio abstracto para dos situaciones materialmente opuestas no es universalismo: es confusión categorial.

5.3. Otegi y la confesión involuntaria

Las declaraciones más reveladoras son, paradójicamente, las del propio Otegi. Cuando afirma que "Irlanda fue un espejo para nosotros" y que "Sinn Féin nos mostró que la negociación no tenía que llevar a la traición política" , está confesando involuntariamente tres cosas.

Primera: que el modelo fue importado. La equivalencia entre ambas causas no surgió de condiciones históricas paralelas sino de una decisión estratégica deliberada. El nacionalismo vasco radical necesitaba un referente exterior que legitimara su causa y encontró en Irlanda un relato con prestigio internacional.

Segunda: que la necesidad de importación existía porque no había material propio. Cuando un movimiento necesita mirar afuera para encontrar legitimidad, está admitiendo implícitamente que no la encuentra adentro. Los revolucionarios irlandeses de 1916 no necesitaron apelar a ningún "espejo" exterior: tenían las Leyes Penales, la Hambruna, el Acta de Unión, el Parlamento de Grattan suprimido. Su legitimidad era endógena. La del nacionalismo vasco, por confesión de su propio líder, era importada.

Tercera: que el radicalismo vasco estaba tan encerrado en su propia mitología que ni siquiera concebía la negociación como opción legítima hasta que un movimiento extranjero se la validó. "La negociación siempre se consideró aquí como algo sospechoso," dice Otegi. ¿Qué clase de movimiento político necesita que alguien de fuera le enseñe que se puede hacer política? Uno que no tiene proyecto político real más allá de la violencia y la fantasía étnica.
En 2016, liberado de prisión, Otegi fue más lejos aún en una entrevista con An Phoblacht:

"Estoy convencido de que nuestras dos naciones construirán repúblicas libres y unidas, repúblicas que servirán al interés de la inmensa mayoría de sus ciudadanos" .

La fórmula "nuestras dos naciones" es el núcleo de la falsa equivalencia cristalizado en tres palabras. Presupone lo que debería demostrar: que existe una nación vasca en el mismo sentido político e histórico en que existe una nación irlandesa. Todo el análisis precedente demuestra que esa presuposición es insostenible.

5.4. Adams y la validación desde el otro lado

Gerry Adams contribuyó a la equivalencia desde la posición inversa. En un artículo de opinión para CNN tras la declaración de alto el fuego definitivo de ETA en octubre de 2011, Adams celebró la decisión en "términos decisivos y positivos" y comparó el proceso vasco con el irlandés y el sudafricano, argumentando que "ningún conflicto es irresoluble si hay voluntad política, imaginación y disposición para asumir riesgos por la paz" . En mayo de 2018, en Cambo-les-Bains, Adams declaró que el proceso de paz vasco era "un ejemplo de lo que es posible cuando personas de buena voluntad no pierden la esperanza y no se rinden" .

Las declaraciones de Adams son comprensibles desde la lógica interna de Sinn Féin: un partido que ha hecho de la exportación de su modelo de paz una herramienta de prestigio internacional tiene incentivos obvios para presentar el caso vasco como un éxito de ese modelo. Pero que sean comprensibles no las hace correctas. Adams equipara los resultados —dos procesos de paz— sin interrogar si las causas que produjeron ambos conflictos eran comparables. Que dos enfermedades diferentes respondan al mismo tratamiento no las convierte en la misma enfermedad.

No es un detalle menor que las víctimas del terrorismo de ETA hayan señalado reiteradamente el daño causado por esta validación externa. Consuelo Ordóñez, presidenta del Colectivo de Víctimas del Terrorismo (COVITE) y hermana de Gregorio Ordóñez —concejal del PP asesinado por ETA en 1995—, y Maite Pagazaurtundúa, cuyo hermano Joseba, policía autonómico, fue asesinado en 2003, han denunciado públicamente que las intervenciones de figuras como Adams en foros sobre el proceso vasco contribuyen a blanquear a los verdugos bajo el manto de la "paz" sin exigir justicia ni reconocimiento del daño causado. La "exportación del modelo de paz" irlandés, en su aplicación al caso vasco, sirvió para que los victimarios se presentaran como negociadores racionales y las víctimas quedaran relegadas al papel de obstáculos emocionales para el progreso político.

Además, la comparación con Sudáfrica que Adams introduce es reveladora por lo que omite. El apartheid sudafricano, como el colonialismo británico en Irlanda, implicaba una estructura de dominación racial y jurídica verificable: leyes de segregación, privación de derechos, explotación económica sistemática. El País Vasco, gobernado por el PNV durante la mayor parte de la democracia española, con una renta per cápita superior a la media nacional, un sistema de concierto económico que le otorga una autonomía fiscal sin parangón en Europa, y donde el apoyo a la independencia alcanza apenas el 13% según el Deustobarómetro de diciembre de 2023 —la cifra más baja jamás registrada, recogida en el sondeo de referencia sobre opinión pública en la Comunidad Autónoma Vasca elaborado por la Universidad de Deusto—, no encaja en esa categoría por mucho que Adams lo insinúe.

5.5. La declaración de Der Spiegel y la cooperación temprana

Coche Dodge 3700 GT del almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno, tras la explosión de la carga colocada por ETA en la calle Claudio Coello de Madrid, 20 de diciembre de 1973 (Operación Ogro). Dominio público, vía Wikimedia Commons.
Coche Dodge 3700 GT del almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno, tras la explosión de la carga colocada por ETA en la calle Claudio Coello de Madrid, 20 de diciembre de 1973 (Operación Ogro). Dominio público, vía Wikimedia Commons.

El recorrido se cierra con el documento más antiguo: la declaración de un portavoz de ETA a Der Spiegel en marzo de 1974 confirmando "muy buenas relaciones" con el IRA. Esta declaración se produjo apenas tres meses después del asesinato del almirante Carrero Blanco el 20 de diciembre de 1973, la llamada "Operación Ogro," que transformó a ETA de organización marginal en referente del antifranquismo internacional prácticamente de la noche a la mañana. El atentado —un túnel excavado bajo la calle Claudio Coello por el que se hizo explotar una carga de dinamita al paso del coche del presidente del Gobierno— fue celebrado por sectores de la izquierda europea y latinoamericana como un golpe contra la dictadura, y proporcionó a ETA una proyección mediática y un capital de simpatía internacional que ninguna de sus acciones anteriores había conseguido. Es en ese contexto preciso —una organización recién catapultada al primer plano internacional y ávida de consolidar sus contactos— donde hay que leer la declaración a Der Spiegel. ETA buscaba proyección internacional, y el IRA, en el punto álgido de su campaña tras el Bloody Sunday de 1972 y la intensificación del conflicto en Irlanda del Norte, era el aliado más rentable en términos de imagen. La cooperación era entonces puramente operativa —armas, explosivos, técnicas— y la retórica de solidaridad apenas existía. Fue en las décadas siguientes, a medida que la dimensión militar se complicaba y el nacionalismo vasco necesitaba legitimarse políticamente, cuando la retórica de equivalencia se fue construyendo capa sobre capa hasta cristalizar en las declaraciones que hemos analizado.

La cronología es significativa: primero fue la cooperación práctica, después vino el relato que la justificaba. La narrativa de "dos pueblos unidos por una misma lucha" no precedió a la colaboración ni surgió orgánicamente de ella; fue una elaboración posterior destinada a conferir a una relación de conveniencia operativa un significado que nunca tuvo.

6. Conclusiones

La comparación entre el nacionalismo irlandés y el nacionalismo vasco no es una analogía imperfecta que pueda matizarse o refinarse. Es una falsedad que no resiste el análisis histórico comparado más elemental.

Irlanda ofrece un caso documentable de dominación colonial —conquista militar, legislación de sometimiento, explotación económica, catástrofe demográfica— que generó un movimiento de independencia con base popular mayoritaria, mandato democrático verificable y desenlace en la creación de un Estado internacionalmente reconocido. El País Vasco ofrece una historia de integración voluntaria y privilegiada en la Corona de Castilla, participación activa en la empresa imperial, y un nacionalismo tardío fundado sobre la xenofobia racial de un solo ideólogo que necesitó inventar tanto los agravios como el nombre del país que pretendía liberar.

La cooperación operativa entre el IRA y ETA, lejos de demostrar una convergencia de causas, responde a la misma lógica que llevó al IRA a cooperar con la OLP, las FARC, Gadafi y el KGB: la utilidad recíproca entre organizaciones clandestinas que comparten necesidades logísticas, no necesariamente causas equivalentes.

Las declaraciones cruzadas de solidaridad constituyen el nivel más elaborado de la falsificación: el intento de revestir una relación de conveniencia con un lenguaje de equivalencia histórica que, como se ha demostrado, las propias palabras de sus protagonistas desmienten involuntariamente.

El materialismo filosófico de Gustavo Bueno nos proporciona las categorías para dar cuenta de esta diferencia: hay naciones que emergen de procesos históricos reales de ruptura política, y hay nacionalismos que intentan fragmentar naciones ya constituidas apelando a diferencias étnicas elevadas al rango de argumento político. Irlanda es un caso paradigmático de lo primero. El País Vasco lo es de lo segundo. Pretender que son lo mismo no es una simplificación analítica: es una falsificación deliberada, y las pruebas documentales —incluidas las palabras de quienes más fervientemente la promovieron— lo demuestran.

Queda una reflexión final que trasciende el caso concreto. La falsa equivalencia IRA-ETA no es un fenómeno aislado sino un ejemplo particularmente bien documentado de un mecanismo más amplio que opera en la política contemporánea: la legitimación cruzada entre causas que no son comparables. El procedimiento es siempre el mismo: un movimiento con déficit de legitimidad histórica se asocia retóricamente a otro que sí la posee, invoca principios universales lo suficientemente abstractos como para que la comparación parezca plausible —autodeterminación, derechos humanos, paz—, y confía en que la fuerza emocional de la analogía sustituya al análisis de las diferencias materiales. El resultado es que causas legítimas quedan contaminadas por la asociación con causas que no lo son, y causas ilegítimas se benefician de un prestigio ajeno que no han ganado. Identificar y desmontar estas equivalencias falsas no es un ejercicio académico prescindible: es una necesidad política de primer orden en un tiempo en que la retórica de la solidaridad internacional se ha convertido en una herramienta de manipulación tanto o más eficaz que la propaganda tradicional.

Referencias

Adams, G. (2011, 21 de octubre). Basque peace move an essential step. CNNhttps://www.cnn.com/2011/10/21/opinion/adams-basque-peace

Alonso, R. (2004). Pathways Out of Terrorism in Northern Ireland and the Basque Country: The Misrepresentation of the Irish Model. Terrorism and Political Violence16(4), 695-713.

Alonso, R., y Domínguez Iribarren, F. (2009). The IRA and ETA: The International Connections of Ethno-Nationalist Terrorism in Europe. En J. Saikia y E. Stepanova (Eds.), Terrorism: Patterns of Internationalization (pp. 3-17). SAGE Publications India.

Andrew, C., y Mitrokhin, V. (1999). The Sword and the Shield: The Mitrokhin Archive and the Secret History of the KGB. Basic Books.

Arana, S. (1892). Bizkaya por su independencia: Cuatro glorias patrias. Tipografía de Sebastián de Amorrortu.

Aróstegui, J., Canal, J., y González Calleja, E. (2003). El carlismo y las guerras carlistas: Hechos, hombres e ideas. La Esfera de los Libros.

Bueno, G. (1999). España frente a Europa. Pentalfa.

Bueno, G. (2005). España no es un mito: Claves para una defensa razonada. Temas de Hoy.

Burke, E. (1999). Letter to Sir Hercules Langrishe (1792). En I. Harris (Ed.), Edmund Burke: Pre-Revolutionary Writings. Cambridge University Press. (Obra original publicada en 1792).

CNN (2010, 12 de enero). Judge: ETA tried to kill Spanish PM but missile failed. CNNhttps://www.cnn.com/2010/WORLD/europe/01/12/spain.eta.missile/index.html

Coogan, T. P. (1993). The IRA: A History. Roberts Rinehart.

Cullen, N. (2022). "No Time for Love": Radical Basque Nationalist-Irish Republican Relations and the Emergence of a Shared Political Culture (1981-98). Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales24(50), 229-258.

Cullen, N. (2023). Radical Basque Nationalist-Irish Republican Relations: A History. Routledge.

De la Granja Sainz, J. L. (2006). El "antimaketismo": la visión de Sabino Arana sobre España y los españoles. Norba: Revista de Historia19, 191-203.

De la Granja Sainz, J. L. (2015). Ángel o demonio: Sabino Arana. El patriarca del nacionalismo vasco. Tecnos.

Deustobarómetro (2023, diciembre). Estudio de opinión pública en la Comunidad Autónoma Vasca. Universidad de Deusto.

Elorza, A. (2005). Tras la huella de Sabino Arana: Los orígenes totalitarios del nacionalismo vasco. Temas de Hoy.

English, R. (2003). Armed Struggle: The History of the IRA. Oxford University Press.

Foster, R. F. (1988). Modern Ireland 1600-1972. Allen Lane.

Hopkinson, M. (2002). The Irish War of Independence. Gill & Macmillan.

Juaristi, J. (1987). El linaje de Aitor: La invención de la tradición vasca. Taurus.

Juaristi, J. (1997). El bucle melancólico: Historias de nacionalistas vascos. Espasa Calpe.

Kiberd, D. (1995). Inventing Ireland: The Literature of the Modern Nation. Jonathan Cape.

Kinealy, C. (1994). This Great Calamity: The Irish Famine, 1845-52. Gill & Macmillan.

Laffan, M. (1999). The Resurrection of Ireland: The Sinn Fein Party, 1916-1923. Cambridge University Press.

Mac Ginty, R. (2006). Borrowing and Lending in Peace Processes. En T. J. White (Ed.), Lessons from the Northern Ireland Peace Process (pp. 432-449). University of Wisconsin Press.

Martínez Díez, G. (1974). La incorporación de Álava, Vizcaya y Guipúzcoa a la Corona de Castilla. En Symposium del Instituto de Estudios Históricos de San Sebastián. (Disponible en Dialnet).

McGuire, M. (1973). To Take Arms: My Year with the IRA Provisionals. Macmillan.

Moloney, E. (2002). A Secret History of the IRA. W. W. Norton.

Ó Gráda, C. (1999). Black '47 and Beyond: The Great Irish Famine in History, Economy, and Memory. Princeton University Press.

Otegi, A. (2016, 21 de abril). Our two nations will build free and united republics [Entrevista]. An Phoblachthttps://www.anphoblacht.com/contents/26023

Rubio Pobes, C. (1996). Revolución y tradición: El País Vasco ante la revolución liberal y la construcción del Estado español, 1808-1868. Siglo XXI.

Townshend, C. (2005). Easter 1916: The Irish Rebellion. Allen Lane.

Wall, M. (1961). The Penal Laws, 1691-1760. Dundalgan Press.

Sobre el autor

Jesús Maldonado Fernández

Jesús Maldonado trabaja en el ámbito del marketing, publicidad enfocados en el desarrollo digital, y la consultoría en automatización de procesos con inteligencia artificial, aunque su interés intelectual se reparte de forma bastante más amplia.

Lector habitual de historia contemporánea y de filosofía, concede también un espacio importante al cine como forma de pensamiento. Le interesa especialmente el modo en que los grandes procesos políticos se construyen, se narran y, en ocasiones, se falsifican: una preocupación que atraviesa buena parte de sus lecturas y de lo que ocasionalmente escribe.

Considera que el momento actual —marcado por la expansión de la inteligencia artificial y por la transformación acelerada de los marcos laborales, mediáticos y culturales— exige una mirada que combine la comprensión técnica con el análisis histórico. Entiende su actividad profesional y su escritura como dos vertientes complementarias de esa misma necesidad: entender cómo funcionan los sistemas que hoy estructuran la vida pública y privada.

Publica de manera ocasional artículos en la intersección entre tecnología, historia y política.