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Política

El mapa que no te enseñan

Por dónde entra de verdad internet en España — y por qué deberíamos vigilarlo

El mapa que no te enseñan

Saga "Soberanía de fibra de vidrio" · 1 de 6

Hay una palabra que ha hecho más por ocultar cómo funciona el mundo que cualquier secreto de Estado: la nube. La usamos a diario —"lo tengo en la nube", "se ha caído la nube"— y la palabra hace su trabajo silencioso, que es convencernos de que los datos viven en algún lugar etéreo, ingrávido, suspendido sobre nuestras cabezas. No es así. Internet es una de las infraestructuras más físicas, pesadas y vulnerables que ha construido la humanidad, y casi todo él viaja por el fondo del mar. La propia Comisión Europea calcula que los cables submarinos transportan el 99 % del tráfico de internet intercontinental. No el de los teléfonos por satélite de las películas: el de verdad, el que mueve el dinero, los mensajes, los mercados y los Estados. Hay quien eleva la cifra al 97-98 % del total mundial, y el propio Instituto Español de Estudios Estratégicos, del Ministerio de Defensa, la sitúa "entre el 95 y el 99 %". El margen da igual. La conclusión no: cuando alguien quiere saber qué hace una sociedad, dónde está su dinero o de qué habla, no mira al cielo. Mira al cable.

Y España, en poco más de una década, se ha convertido en uno de los grandes cruces de esa red. Lo que casi nadie cuenta es lo segundo: que ser el cruce no es lo mismo que mandar en él.

Un país atravesado por cables

En un mapa de los cables submarinos del mundo, España aparece iluminada. El dibujo importa, porque es la forma física de una dependencia. Quien quiera acompañar esta lectura con el mapa real puede abrirlo en paralelo: el mapa interactivo de TeleGeography recoge, uno a uno y con su trazado, todos los cables que se nombran en este artículo.

En la costa vasca, en la playa de Sopelana, aterrizan dos de los cables transatlánticos más potentes que existen, operados ambos desde la misma estación por Telxius, la filial de infraestructura de Telefónica. Por allí entra Marea —6.600 kilómetros y 200 terabits por segundo que unen Virginia Beach con el País Vasco, durante años la ruta de menor latencia entre Norteamérica y el sur de Europa— y por allí entra Grace Hopper, el primer cable financiado por Google que llegó a España. A unos kilómetros, en Santander, Meta enterró en octubre de 2024 el cable Anjana, un tubo de 7.121 kilómetros con capacidad para casi 500 terabits por segundo. En el Mediterráneo amarra Medusa, 8.700 kilómetros tendidos por AFR-IX para coser el sur de Europa con el norte de África, con tomas de tierra en Zahara de los Atunes, Torreguadiaro y Barcelona. En la provincia de Cádiz se concentra el nudo más denso del país —Conil, Chipiona, Tarifa, Zahara, La Línea y Rota—, y el cable Pencan-7, operativo desde 2001, toca tierra en Chipiona, a pocos kilómetros de la mayor base militar estadounidense en suelo español. Y abajo del todo, Canarias: por unas islas de poco más de dos millones de habitantes pasa una parte decisiva de la conexión digital entre Europa y África.

El propio Ministerio de Defensa reconoce el salto: esa "nueva generación de cables" —Marea, EllaLink, Grace Hopper, 2Africa, Medloop, Anjana, Medusa— "también alcanza el territorio español", y lo describe como "un cambio transcendental". Es un hecho geográfico verificable: por las playas de España pasa hoy una porción decisiva del sistema nervioso de Europa. Y hay una constante, el hilo de toda la saga: casi todos los nombres que mandan en esos tubos —Meta, Google, Microsoft, AFR-IX— se escriben fuera. España pone la playa, la arena y la arqueta. El cable lo decide otro.

El viaje de un dato

Nada de esto se entiende sin un poco de fontanería, así que merece la pena seguir el camino que hace de verdad un dato. Cuando alguien en Madrid abre una página alojada en Estados Unidos, su información no vive "arriba": el grueso de lo que recibe baja por un cable. Su petición sale del móvil a una antena, de la antena a la fibra que recorre las calles, y esa fibra desemboca en una estación de aterrizaje: una nave discreta a pie de playa donde el cable submarino se empalma con la red de tierra. Ahí, en esa caseta, está el equipo que recibe la señal, la regenera y decide por dónde sigue. Desde la playa, el cable se hunde en el mar y cruza el océano —cada ochenta kilómetros, más o menos, un repetidor le devuelve fuerza a la luz que viaja por el vidrio— hasta tocar tierra en el otro continente y terminar en un centro de datos, la nave llena de servidores donde la información se guarda, se procesa y se convierte en algo que vale dinero. Y de vuelta, por el mismo camino. "La nube" son, en realidad, estos tres eslabones: una caseta en una playa, un tubo en el fondo del mar y un almacén de servidores.

De esa cadena se sigue lo único que hace falta retener: el poder sobre los datos no lo tiene quien posee el derecho sobre ellos, sino quien tiene las manos sobre alguno de esos puntos físicos —la estación de aterrizaje, el tramo de cable, el centro de datos—. Por eso importa, y mucho, de quién es cada pieza.

Queda la objeción del lector informado: hoy casi todo el tráfico va cifrado, así que, aunque alguien pinche el cable, no podrá leer lo que dice. Es cierto a medias, y la mitad que falta es la que cuenta. El cifrado protege qué dices —el texto del mensaje, el contenido de la llamada—, pero no protege los metadatos: con quién hablas, cuándo, cuánto rato, desde dónde y con qué frecuencia. Y los metadatos, sumados, dibujan una vida entera: qué ministerio llama a qué despacho la víspera de una decisión, qué empresa dispara sus comunicaciones con un país justo antes de cerrar un contrato. Quien controla el punto físico ve, además, algo que ningún cifrado tapa: que la interceptación está ocurriendo. No hace falta abrir la carta para saber muchísimo mirando el sobre, el remite y el ritmo del correo.

La sangre no es tuya, pero corre por tus venas

Y aquí está la pregunta que decide si todo lo que sigue importa o no: si esos cables son de Meta y de Google, ¿qué más le da a España? ¿Por qué tendría que preocuparse por una infraestructura que no le pertenece?

La respuesta es el centro de este artículo, y va sin rodeos: porque no importa de quién sea el tubo; por él circula la vida del país. Cuando cobras la nómina, cuando pagas con la tarjeta, cuando pides cita en el médico, cuando presentas la declaración a Hacienda, cuando una empresa española factura a un cliente en otro continente, cuando un banco liquida una operación, cuando el Estado consulta una base de datos alojada fuera —cosa que hace constantemente—, los bits que hacen posible todo eso salen y entran por estos cables. No por "la nube": por la fibra enterrada en una playa de Sopelana o de Conil. Por ahí viaja casi todo lo que conecta España con el mundo. Y eso significa una cosa incómoda: la economía, la administración y las comunicaciones de un país de cuarenta y ocho millones de personas dependen, para funcionar, de unos cientos de cables sobre los que ese país no decide.

Un Estado no necesita ser dueño de la carretera para que su economía dependa de que la carretera funcione, esté abierta y no la vigile un extraño. La propiedad del activo y la dependencia del activo son cosas distintas, y aquí no coinciden: la fibra es ajena, pero la sangre que corre por ella es española. Por eso la pregunta "¿por qué iba España a proteger un cable que no es suyo?" tiene la respuesta invertida. Precisamente porque no es suyo y aun así depende de él para casi todo, debería vigilarlo más, no menos. La propiedad ajena no rebaja el interés nacional: lo agrava, porque a la dependencia le añade la impotencia. Depender de algo que no controlas es la definición misma de la vulnerabilidad estratégica.

Esa es la verdadera cuestión que abre esta saga, y no la que parece. No se trata de que España haya descuidado "lo suyo" —no lo es—, sino de algo más grave: ha aceptado quedar a merced de una infraestructura de la que depende para todo y sobre la que no manda. Lo que viene a continuación —que no la protege, que no sabe siquiera si la considera crítica— no es el problema. Es el síntoma de esa renuncia.

El relato del "hub"

Cuando las instituciones hablan de los cables, lo hacen en un solo registro: el del orgullo. España, dicen, es ya un "hub digital del sur de Europa", una puerta entre tres continentes. La expresión no es de un publicista: la usa el documento del Instituto Español de Estudios Estratégicos y la reproduce cada nota de prensa que celebra el aterrizaje de un cable. Circula incluso una cifra estrella: que el 70 % de los datos que llegan a Europa lo harán a través de España.

Ese dato merece una lección de método, porque fija el tono de toda la serie. El 70 % está escrito —aparece en el documento del Ministerio de Defensa—, pero su origen no es un organismo estadístico: la nota a pie de página remite a una entrevista de la directora de Meta en España en un periódico económico. Es decir, la prueba que el Estado exhibe de su propia centralidad procede del departamento de comunicación de una de las empresas que poseen los cables: propaganda corporativa reciclada como estadística nacional. No hay que confundirlo con las cifras serias de la Comisión Europea —el 99 % del tráfico intercontinental—: aquéllas miden cuánto internet va por cable; el "70 %" mide cuánto pasaría por España, y lo dice quien vende el cable. La centralidad española existe, pero se demuestra con el inventario físico de antes —Marea, Grace Hopper, Anjana, los nudos de Sopelana, Cádiz y Canarias—, no con un eslogan. Y cuando un país repite sobre sí mismo lo que le conviene decir a quien controla su infraestructura, cabe preguntarse quién escribe el relato.

Porque el relato del "hub" cumple una función: presenta como conquista lo que es una localización afortunada, y convierte el hecho de alojar en la ilusión de mandar. Hace, a escala de Estado, lo mismo que la palabra "nube" a escala individual: tranquiliza y desvía la mirada. Y al mirar hacia otro lado, tapa la pregunta que de verdad incomoda: si tan central es esa red para España, ¿por qué la trata como si no fuera con ella?

Lo que no se protege

Si los cables fueran de verdad un activo estratégico a ojos del Estado, cabría esperar que los tratara como infraestructura crítica. No lo hace. Y el diagnóstico no es de quien escribe: lo firma el autor del documento de referencia del propio Instituto Español de Estudios Estratégicos. El texto recoge la opinión de su autor, no la posición oficial del Ministerio, y eso lo subraya en vez de rebajarlo: el analista que el organismo de estudios estratégicos de Defensa elige para radiografiar la red concluye, en un texto alojado en la web del Ministerio, que "carecemos de un marco jurídico específico para la gestión, protección y seguridad de los cables submarinos" y que "resulta necesario, y urgente," que reciban "una consideración formal en tanto «infraestructura crítica»". Es un diagnóstico técnico desde dentro de la casa.

La réplica razonable es obvia: no es cierto que el Estado no reconozca esos cables; hay una ley que obliga a declararlos y un decreto en camino. Es verdad. Por eso la tesis no es "el Estado los ignora", sino algo más preciso: los reconoce en el papel, pero sin el estatus que activa una protección real. Desde la Ley General de Telecomunicaciones de 2022, los operadores deben comunicar al Ministerio la instalación de un cable submarino en territorio español. Pero es un deber de mínimos: el operador dice dónde está el cable y el Estado toma nota; no se le exige cifrado, ni control de acceso, ni condición de seguridad alguna para amarrar. Es un censo, no un escudo. Notificar no es proteger.

Y la ley que sí protege —la Ley 8/2011 de infraestructuras críticas, que blinda centrales, presas y redes de transporte— lista las "Tecnologías de la Información y las Comunicaciones" como sector estratégico, pero no menciona en ningún punto los cables submarinos. A efectos del régimen que de verdad obliga al Estado a defender algo, no figuran. La grieta se hace aún más oscura por un detalle: la lista de "operadores críticos" designados bajo esa ley es reservada. No es público si el Estado considera crítica la estación de Sopelana o el nudo de Cádiz. La opacidad es, en sí misma, el dato: no es que sepamos que están desprotegidos, es que ni siquiera podemos saber si el Estado los considera suyos.

En honor a la verdad, algo se mueve. A finales de 2025 el Gobierno sometió a audiencia pública un borrador de real decreto que, por primera vez, nombra los cables submarinos, y en octubre de ese año creó un grupo interministerial para "elaborar un plan de vigilancia de infraestructuras marítimas y submarinas". Pero se mueve tarde y, mientras se escribía esta saga, ni el decreto estaba aprobado ni el plan en vigor.

No es un descuido técnico. Un Estado protege lo que considera suyo y vital; la desprotección jurídica de los cables confiesa que España no piensa como propia una infraestructura de la que, sin embargo, depende para todo. Y la vulnerabilidad no es abstracta. El mismo documento de Defensa advierte que "la fácil accesibilidad y la concentración de cables convierten a los puertos de desembarque en el elemento más vulnerable", y recuerda el sabotaje que en octubre de 2022 dejó sin servicio a parte de Marsella cuando alguien seccionó varios cables en una arqueta terrestre. Aquello fue en Francia, no en Cádiz, y no consta nada equivalente en España; pero señala con exactitud dónde está el punto débil: no en el fondo del océano, donde haría falta un submarino, sino en una arqueta de tierra donde basta una herramienta. Y ese punto débil sí tiene domicilio español: media docena de amarres apretados en pocos kilómetros de la costa gaditana, junto a una base militar, sin estatuto público de infraestructura crítica.

La conversación se tiene en Bruselas

Que esto no genere debate en España es significativo, y hay un dato que mide ese retraso sin necesidad de adjetivos: en 2026 la Comisión Europea llevó a España ante el Tribunal de Justicia de la UE por no haber transpuesto a tiempo la Directiva sobre Resiliencia de las Entidades Críticas, la norma que obliga a los Estados a proteger sus infraestructuras esenciales; el plazo venció en octubre de 2024. En el mismo banquillo están Bulgaria, Francia, los Países Bajos, Luxemburgo, Polonia y Suecia. España va, pues, tarde en proteger lo que la cruza, y no por descuido aislado.

Y no le basta con esperar a que Bruselas lo haga por ella: la recomendación que la UE aprobó en 2024 sobre seguridad de cables es jurídicamente no vinculante —emplea el lenguaje del consejo ("se anima a", "deberían"), nunca el de la obligación—, de modo que invita pero no manda. Si la Unión protegiera de verdad por España, no la habría sentado en el banquillo por no proteger. La desprotección, en suma, tiene domicilio en Madrid.

Las preguntas que abre el mapa

El tablero está puesto. Si por las playas de España pasa el 99 % del tráfico que la conecta con el mundo, y de esa red dependen su economía y su Estado, y aun así es a la vez crítica y desprotegida, entonces todo lo demás se vuelve urgente:

¿De quién son esos cables? Una cosa es que toquen suelo español y otra que sean españoles. (Segundo artículo.)

¿Quién lee lo que pasa por ellos? Quien controla un cable controla el dato, y el dato es de ciudadanos españoles. (Tercero.)

¿Quién los protege? Si el Estado admite que no los defiende, alguien lo hará en su lugar —y a cambio de algo. (Cuarto.)

¿Y quién manda en la puerta sur, la que conecta a España con África por Canarias, donde Marruecos y el Sáhara Occidental no son detalles? (Quinto.)

Ninguna respuesta es tranquilizadora, y todas comparten una forma, que es la tesis de la serie: España pone el cuerpo —el territorio, las playas, la fibra enterrada en la arena— y depende de él para vivir, mientras las decisiones que de verdad importan sobre esa red se toman fuera. Es el cuerpo de un sistema cuyo cerebro está en otra parte.

Conclusión

Empezamos con una palabra —"la nube"— que sirve para no mirar. Se acaba con un mapa que ya no se puede dejar de ver. Y lo que ese mapa muestra es una sola cosa, dicha sin atenuantes: España depende, para casi todo lo que la mantiene en pie —su dinero, su administración, sus comunicaciones—, de una infraestructura que no posee, no gobierna y no protege. No es dueña de los cables: los amarran Meta, Google, Microsoft, AFR-IX, y el cable lo decide siempre otro. No manda en ellos: confunde alojar con mandar, y repite sobre sí misma el eslogan de "hub" que le escriben quienes venden la fibra. Y no los defiende: los reconoce en un censo, pero los deja fuera del único régimen jurídico que obliga al Estado a custodiar lo que considera vital, hasta el punto de que ni siquiera podemos saber si los considera suyos.

Las tres carencias se acumulan, y juntas componen el escándalo. Una nación puede no ser dueña de su infraestructura crítica y compensarlo gobernándola; puede no gobernarla del todo y compensarlo protegiéndola. España no hace ni lo uno ni lo otro: a la propiedad ajena le suma la abdicación del control y la renuncia a la defensa. Eso no es una localización afortunada en el mapa del mundo. Es una subordinación consentida, tendida sobre el fondo del mar y enterrada en una arqueta de la costa gaditana que nadie vigila.

La próxima vez que alguien hable de "la nube", recuerde que la nube es un cable, que ese cable probablemente toca una playa española, que por él circula su dinero y su vida, y que esa playa —por mucho que el Estado prefiera no mirarla— es uno de los puntos más estratégicos y peor custodiados del país. El mapa estaba ahí todo el tiempo. Solo que no nos lo enseñaron.

Fuentes

Las afirmaciones de este artículo se apoyan en las fuentes siguientes, ordenadas por apartado.

Por dónde va internet (apertura)

Comisión Europea — Digital Strategy, "Commission increases submarine cable security with €347 million investment and new toolbox", 5 feb. 2026 (el 99 % del tráfico intercontinental va por cables submarinos; plan de 347 M€ y toolbox de seguridad). https://digital-strategy.ec.europa.eu/en/news/commission-increases-submarine-cable-security-eu347-million-investment-and-new-toolbox

Comisión Europea — DG CONNECT, "Subsea telecommunication cables are essential for Europe's digital connectivity", 15 nov. 2024 (estimación del 97-98 % del tráfico mundial). https://digital-strategy.ec.europa.eu/en/library/subsea-telecommunication-cables-are-essential-europes-digital-connectivity

Instituto Español de Estudios Estratégicos (Ministerio de Defensa), R. García Pérez, España en la red global de cables submarinos, Documento Marco 10/2023, 20 dic. 2023, p. 4 ("entre el 95 y el 99 %"). https://www.defensa.gob.es/documents/2073105/2269502/Espa%C3%B1a+en+la+red+global+de+cables+submarinos.pdf

Un país atravesado por cables

Sopelana opera Marea y Grace Hopper (Telxius): Merca2, "Telefónica y los cables submarinos", 21 feb. 2024. https://www.merca2.es/2024/02/21/telefonica-cables-submarinos-1583741/

Marea (200 Tbps, 6.600 km, Virginia Beach–Sopelana): Telxius (oficial), "Marea". https://telxius.com/en/marea-2/

Grace Hopper (primer cable financiado por Google que llega a España): Telxius (oficial), "Grace Hopper lands near Bilbao thanks to Telxius", 9 sep. 2021. https://telxius.com/en/grace-hopper-lands-near-bilbao-thanks-to-telxius/

Anjana (7.121 km, casi 500 Tbps, Santander): Meta Newsroom, "Anjana, el mayor cable transatlántico submarino del mundo, aterriza en Santander", 12 oct. 2024. https://about.fb.com/es/news/2024/10/anjana-el-mayor-cable-transatlantico-submarino-del-mundo-aterriza-en-santander-para-conectar-estados-unidos-y-europa/

Medusa (8.700 km, AFR-IX; amarres en Zahara de los Atunes, Torreguadiaro y Barcelona): Alicante Plaza, "AFR-IX invierte 326 millones en el cable submarino Medusa…", 17 feb. 2022. https://alicanteplaza.es/alicanteplaza/afr-ixtelecominvierte326millonesenelcablesubmarinomedusaqueconstruiraconalcatelsubmarinenetworksparaconectarelsurdeeuropaconelnortedeafrica1

Nudo de Cádiz (Rota, Conil, Chipiona, Tarifa, Zahara, La Línea): Xataka Móvil, "El mapa de los cables submarinos que dan internet a España", 2024. https://www.xatakamovil.com/conectividad/mapa-cables-submarinos-que-dan-internet-a-espana-hay-dos-protagonistas-andalucia-tremendo-nudo-canarias

Pencan-7 (operativo desde 2001, llega a Chipiona): Blog de la CNMC, "¿Qué cables submarinos conectan el territorio español? (II)", 5 sep. 2017. https://blog.cnmc.es/2017/09/05/que-cables-submarinos-conectan-el-territorio-espanol-enganchados-a-los-cables-submarinos-ii/

Canarias, conexión Europa-África: OCTSI — Observatorio Canario de las Telecomunicaciones (Gobierno de Canarias), "Cables submarinos en Canarias", act. 29 may. 2026 (capacidad total ~2.750 Tbps en 2025; conexión Europa-África 281 Tbps). https://www.octsi.es/datos/cables-submarinos-en-canarias

"Nueva generación de cables… un cambio transcendental" y "hub digital en el sur de Europa": IEEE (Ministerio de Defensa), España en la red global de cables submarinos, Doc. Marco 10/2023, pp. 15, 25 y 36 (ref. completa arriba).

El relato del "hub"

El "70 %" se atribuye a una entrevista de la directora de Meta España (El Economista, jun. 2022): IEEE, España en la red global de cables submarinos, Doc. Marco 10/2023, p. 25 y nota al pie 42.

Lo que no se protege

Diagnóstico "carecemos de un marco jurídico específico… consideración formal en tanto «infraestructura crítica»" (opinión del autor, no posición oficial del Ministerio): IEEE, Doc. Marco 10/2023, pp. 40-43.

Deber de comunicar el amarre, sin condiciones de seguridad: BOE — Ley 11/2022 General de Telecomunicaciones, art. 6.9 y disp. adic. 23.ª, 28 jun. 2022. https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2022-10757

Sectores estratégicos sin mención a los cables submarinos: BOE — Ley 8/2011 de protección de las infraestructuras críticas, Anexo, 28 abr. 2011. https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2011-7630

La lista de operadores críticos (CNPIC) es reservada: IT User, "Se pone en marcha el Plan Estratégico Sectorial de las TIC", jul. 2017. https://www.ituser.es/seguridad/2017/07/se-pone-en-marcha-el-plan-estrategico-sectorial-de-las-tic

Borrador de real decreto que nombra por primera vez los cables submarinos (en tramitación): DPL News, 2 dic. 2025. https://dplnews.com/espana-el-gobierno-somete-a-audiencia-publica-el-real-decreto-sobre-seguridad-y-resiliencia-de-las-redes-de-telecomunicaciones/

Grupo interministerial de vigilancia (oct. 2025): Estrella Digital, "España crea un grupo interministerial para vigilar los cables submarinos como infraestructura crítica", 10 oct. 2025. https://www.estrelladigital.es/articulo/seguridad-defensa/espana-crea-grupo-interministerial-vigilar-cables-submarinos-como-infraestructura-critica/20251007000846436397.html

Vulnerabilidad de los puntos de desembarque y corte de Marsella (oct. 2022): IEEE, Doc. Marco 10/2023, pp. 40-44.

La conversación se tiene en Bruselas

España y otros seis Estados llevados al Tribunal de Justicia de la UE por no transponer la Directiva de Resiliencia de las Entidades Críticas: Water News Europe (sobre nota de prensa de la Comisión Europea, IP/26/910), 8 may. 2026. https://www.waternewseurope.com/seven-eu-countries-taken-to-court-for-failing-to-protect-critical-entities/

Recomendación (UE) 2024/779, instrumento no vinculante: DOUE, 26 feb. 2024. https://eur-lex.europa.eu/eli/reco/2024/779/oj/eng

Sobre el autor

Jesús Maldonado Fernández

Jesús Maldonado trabaja en el ámbito del marketing, publicidad enfocados en el desarrollo digital, y la consultoría en automatización de procesos con inteligencia artificial, aunque su interés intelectual se reparte de forma bastante más amplia.

Lector habitual de historia contemporánea y de filosofía, concede también un espacio importante al cine como forma de pensamiento. Le interesa especialmente el modo en que los grandes procesos políticos se construyen, se narran y, en ocasiones, se falsifican: una preocupación que atraviesa buena parte de sus lecturas y de lo que ocasionalmente escribe.

Considera que el momento actual —marcado por la expansión de la inteligencia artificial y por la transformación acelerada de los marcos laborales, mediáticos y culturales— exige una mirada que combine la comprensión técnica con el análisis histórico. Entiende su actividad profesional y su escritura como dos vertientes complementarias de esa misma necesidad: entender cómo funcionan los sistemas que hoy estructuran la vida pública y privada.

Publica de manera ocasional artículos en la intersección entre tecnología, historia y política.